El placer del trabajo bien hecho
Que ya lo sé, que no se le caen a uno las sortijas por trabajar un sábado, pero oiga, cuando uno no está habituado se trata de la peor tortura. El viernes me llamó un amigo para preguntarme si salíamos esa la noche a tomar algo por ahí, con voz de vamos a quedar para tomarnos una cerveza pero seguro que acabamos a la mañana siguiente maldiciendo a medio México por inventar el tequila. Y tuve que humillarme: es que tengo que currar mañana, glups, esperando que me gritara por el auricular aquello de pringaaao. No ocurrió nada de eso, más bien fue un quién te ha viso y quién te ve después de años y años que me daba igual que fuera martes o Viernes de Dolores para salir hasta las tantas y llegar al curro más fresco que un tulipán, pasando por todos los antros de mala muerte, o de buena, que la resaca es la misma, en plan de revival de la Movida, que para mí no terminó en los ochenta, sino que se alargó hasta veinte años después. Así que no salí. Pero di una clase de pretérito perfecto que se quedaron haciendo la ola y proponiéndome para el Cervantes del año que viene, oiga. Sí, sí, la satisfacción del trabajo bien hecho, dicen, reconforta y engrandece a la persona, ¡y una mieeerda!

