Traduciendo
Me han encargado una traducción infernal de la muerte, llevo toda la tarde para terminar una página, UNA, insisto: U-NA PÁ-GI-NA de cuatro que tengo que entregar mañana y puedo decir y digo que I can’t more with my soul. No es por dármelas (o sí), pero puedo presumir de que sé bastante alemán y a pesar de eso hay veces en que todavía me encuentro con algunos textos de los que bloquean el Word, me miran a los ojos, sonríen y me dicen: «y ahora, si tienes cojones, tradúceme».
Vale, igual debería dejar de leer historias cortas de Philip K. Dick (por aquello de la desrealización que sufro periódicamente cuando me pongo a traducir), pero lo que está claro es que como no dejen de entrarme encargos así, algún día terminaré en el frenopático, atado de pies y manos y enchufado a un gotero con la benzodiazepina más potente de todas. Además, ahora mismo estoy sudando, huelo a rayos y tengo los ojos petrificados por obra y gracia de las lentillas (que no son succionadores de cerebros, pero se pegan igual, las muy jodías).
Ea, ya me he desahogado.









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