Eurovisión y las conspiranoias
El sábado me reuní una panda de energúmenos que dicen ser amigos míos para ver el Festival de Eurovisión por la tele que, cuestiones musicales, éticas y geopolíticas al margen, es un excusa como otra cualquiera para agarrar una buena curda, y no me refiero a las mujeres del Kurdistán, sino a una borrachera.
A las nueve de la noche o’clock empezamos con la primera ronda de cervezas, tan ricamente, disfrutando de los gustos musicales de los europeos, aplaudiendo con las canciones que nos gustaban y poniendo cara de póker en alguna (nada de escupir al televisor, ni lanzar los botes de cerveza, cual gremlins en un bar). Como habíamos dos filólogos en la sala, empezamos a dar saltos de alegría al darnos cuenta de que la mayoría de los países habían optado este año por cantar en sus respectivas lenguas: como filólogos de pro nos derretimos (por no decir que se nos hizo el chocho caramelo) al escuchar a la estonia cantando en estonio, a punto de la lágrima cuando salió la francesa con su chanson en francés y al borde del orgasmo cósmico cuando los portugueses salieron rodeados de más florecitas que un teletabi pero cantando en su lengua. También había cierta expectación con la canción alemana por si veíamos la teta de la estríper, que tanto habían anunciado y luego ni teta, ni culo, ni tensión erótica.
Cuando salió Soraya ya llegó el rechinar de dientes y el rasgar de vestiduras, y no por el traje de patinadora (que con tanto pedrerío no me extrañaría que el estilista fuera el mismo que asesoró a la mujer de Farruquito el día de su boda), o porque la canción fuera más propia de Turquía, o porque saliera Guti haciendo los coros (y si no os lo creéis, mirad el vídeo de la actuación), sino porque me pone enfermo y me entran las ganas de vomitar cuando los cantantes españoles se ponen a pronunciar el castellano haciendo cosas raras, como aspirar las oclusivas sordas o pronunciar las vocales anteriores como los ingleses. Y si no os lo creéis podéis poneros a analizar la actuación de la cantante en directo y atención al minuto 2:59, cuando dice lo de «ya no hay tHabús»:
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Confieso que nos alegramos cuando el Frodo del Averno empezó a ganar doces y doces porque era la canción a la que más puntos le habíamos dado (y sí, nosotros vemos Eurovisión como toca: con tequila, gusanitos y tabla de apuestas). También nos gustaron mucho las armenias, que eran como las Remedios Amayas del Cáucaso y eso nos llegó al alma; de hecho, cuando alguno de los presentes mencionaba a Remedios Amaya nos poníamos en pie, nos llevábamos la mano derecha al pecho y coreábamos: «que Dios le haya enseñado a manejar su barca». A mí me encantó, lo confieso, la rusa, a la que acusaron de salir al escenario envuelta en una cortina de ducha cuando en realidad iba vestida, atención, de cariátide (sí, vale, al principio yo también pensé que no le había dado tiempo a vestirse, pero oye, cuando oí lo de la cariátide pensuve que jatetú, qué culturetas los rusos). Respecto a la canción rusa tengo que explicar que se oyó algún jajajá por el título de la canción. Aquí el vídeo. Y fijarse muy bien en el letrerito y en el estribillo.
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Lo pasemos bien, como siempre, aunque se vivieran escenas como la de la entrada de los policías en «Mujeres al borde de un ataque de nervios», con Ne. desconsolada murmurando «es que el vestido de la sueca es horroroso», hecha un mar de lágrimas. Todos estábamos de acuerdo con que este año hubo menos atentados al buen gusto que otros años y que el nivel había subido mucho o, por lo menos, no estaba tan bajo. Eso sí, pirotecnia a cascoporro, efecto ventilador de rigor y algún caso de dermatitis seborreica. Pero es Eurovisión y el día que todas las canciones sean buenas y de calidad dejaremos de verlo.
Después del programa nos felicitamos los unos a los otros por haberlo visto entero y no necesitar tratamiento psiquiátrico. De hecho, alguno hubo que otro se encendió un caliqueño para celebrar que no habíamos quedado los últimos, entonamos el Asturias, patria querida y salimos a bailar antes de que nos bajara el nivel de sangre en alcohol. Claro, el problema vino al día siguiente, cuando echamos una maldición a los mexicanos y a la madre que los parió por haber aportado al mundo el tequila, brebaje repugnante más propio de Sauron que de gente de bien. En plena resaca y mientras estaba la paella al fuego, nos pusimos a leer la prensa del día y leímos estupefaKKKtos que muchos lectores afirmaban que el mal resultado de España se debía a que nos habían boicoteado. ¿Razones? Para todos los gustos: que nos tenían envidia por haber ganado la Eurocopa (sí, la gente es mema), o que esta era la consecuencia de haber mandado el año pasado al Chikilicuatre. Obviamente, pensuve yo, la octogenaria islandesa ciberyonki que está viendo el festival por streaming en su MacBookPro todavía está resentida por el chiki-chiki… y no solo por el chiki-chiki, sino por las patillas que lució Peret en el festival del 74, todo un insulto al orgullo islandés. Y es que, como todo el mundo sabe, las octogenarias islandesas, de tanto zampar arenques, se han vuelto muy rencorosas…
También leí opiniones sobre que si el año que viene tenemos que dejarnos de canciones con aires orientales y reivindicar lo ibérico, porque claro, ¿qué es eso de que parte de la letra esté en inglés? Bueno, todo sea dicho, a mí la letra me deja frío: «Come on and take me / Come on and shake me / Que no LO ves que estoy loca por ti / Come set me free, just you and me» (ATENCIÓN AL «LO» DEL DEMONIO)… claro que hay alguna frase memorable más en la letra, que digo yo que al autor podrían nombrarlo candidato al Nobel de Literatura: «Vuelvo a mirar / Tus ojos son un volcán / No escaparás / Tu fuego dirá la verdad». Volviendo al iberismo, ya sabéis: el año que viene mandamos a un grupo de canis cantando una jota riojana con mantilla y teja y en vez de fuegos artificiales, lanzaremos jamones al público pa que se enteren en Europa de quiénes somos, cagondiós.
Otros opinaban que el fracaso de España se debía a que la realización era mala (intencionadamente, claro, ya sabéis, por aquello de la conspiración) pero tengo que admitir que eso ya lo comentamos nosotros mientras veíamos la retransmisión: alguno de los presentes se llegó a quejar de que solo salían maromos y de que no estaban enfocando convenientemente las pechugas de las buenorras de Noruega, que fíjate, qué mierda de emisión. Yo aduje que quizá tuviera algo que ver el hecho de que solían enfocar más a los cantantes que a los coros por aquello de que Eurovisión es un festival de canciones y no de charcutería, pero ya no hubo manera de recuperar la compostura y aquello parecía más bien una reunión de orcos esperando a que les sirvieran un menú a base de hobbit confitado con reducción de módena.
Siempre salen los de siempre a decir que en Eurovisión lo que cuenta es la política y la cantidad de vecinos que tenga cada país y se olvidan de que Andorra siempre nos da el doce y Portugal siete u ocho puntos. Yo creo que la canción española no era para tirar cohetes (jamones, igual sí, y longanizas, ya puestos) y que igual, el día que se le ocurra a TVE enviar una canción más o menos decente, podríamos quedar un poco mejor. O no. Total, da igual. Lo importante es pasárselo bien, emborracharse y no pensar en las conspiraciones judeomasónicas… ¿O sí?
Que dios os bendiga.
PD: Me he atrevido a sacar este post sobre Eurovisión, con dos cojones, a sabiendas de que una persona que entra aquí habitualmente participó hará unos treinta años en el Festival.









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