Ballard ha muerto
J. G. Ballard, uno de los autores que más me gustan, murió el domingo pasado. Como hay otros sitios donde podéis leer sobre su vida y su obra y probablemente estén mejor escritos que esto y la información será mucho más exacta, paso de enrollarme con su biografía; para eso, mejor aquí, aquí y aquí.
Descubrí a Ballard con El mundo sumergido, de la que se habla en casi todas las antologías de ciencia-ficción del siglo dieci… veinte y que es igual de asfixiante que la atmósfera que describe. Excepto El Imperio del Sol creo que me he leído todo de este señor y aunque todas me gustan, me impresionaron mucho El mundo sumergido (aumenta la temperatura de la Tierra, se derriten los polos y sube el nivel del mar), Rascacielos (las rencillas entre los vecinos de un edificio megamoderno de ultralujo) y Furia feroz (unos asesinatos en una urbanización de millonarios donde todo cristo es periperfecto al estilo de Bree Van De Kamp y se parece a cierta película de Narciso Ibáñez Serrador cuyo título no voy a dar porque entonces desvelo quién es el asesino), y tiene otra novela corta, La isla de cemento, que me recuerda a La cabina, de Antonio Mercero, y si la habéis visto (este enlace lleva a un vídeo de yutú) ya sabéis al tipo de acojono y agobio al que me refiero cuando intento explicar lo que me hace sentir Ballard.
Estos días me han entrado ganas de releer Rascacielos, pero no lo he encontrado por casa, se lo dejé a mi amigo Se. y no sé si me lo ha devuelto o qué, la cuestión es que no lo encontré.
Comprendo que no a todo el mundo le gusta Ballard; sus novelas son tan escalofriantes que a ratos repugnan, los argumentos son verdaderamente perversos y sé que a mucha gente no le va el gore moral; igual soy un degenerado, pero disfruto mucho leyendo a Ballard. Mucho.
Pero hete aquí que la gente tiene la estúpida manía de morirse.









10 comentarios