El Kalevala en pleno masaje
El otro día me hicieron un masaje. Pero no uno de tócame la espaldita, ay, qué gustirrinín, ahí, ahí, ahora baja un poco más, ahí, ahí, ahí sino de los de verdad, de masajista con título y camilla y esencias y accesorios ayurvédicos. Hacía mil años que no me lanzaba yo a pagar para que me tocaran el cuerpo en plan medicinal (en otro plan, jamás, conste, no diré que de ese agua no voy a beber, pero especifico, por si las mentes mórbidas y calenturientas deducen lo que no es), y confieso que no tendré un duro para renovarme la ropa interior, pero pensé que un día es un día y allá me fui a una consulta recomendadísima, de precios ajustados y cerquita de casa.
Me mandaron despelotarme de forma casta, todo muy medicinal, me tumbé en una camilla, puse el cabeza en el agujero (de la camilla) y esperé. En eso que empecé a oír una musiquilla de fondo y pensuve: Pues vaya mierda de oración mantra, cómo se parece a la ópera occidental, oye, yo que pensaba que era más así monótono, igual de coñazo, pero más monótono, y también sueltan gorgoritos; qué raro. Como tampoco soy especialista en LO QUE ES el zen, ni mucho menos, a mí me dicen que esto es para darle un poco de vidilla a mi karma y que mi energía espiritual va a levantar cabeza y yo me lo creo. Qué gran invento el del Sr. Placebo.
Buscándome yo el karma por mis entrañas que andaba, cuando me pusieron unas toallas en la espalda para taparme bien tapado, me llegó al punto un tufo a esencia de hierbajo que no indentifiqué y en esas empezó el masaje propiamente dicho. Ay, madre, voy a tener que pedir una cacerola pa las babas, que si no voy a dejar esto peor que si hubiera pasado una horda / jauría / piara de caracoles en celo camino de una fiesta con titis y ponche del güeno, pensé. Así que desde ese momento, además de concentrarme en la música zen con toques operísticos y las manos que me masajeaban, tuve que prestar atención a no babear más de la cuenta, no fueran a cobrarme más por gastos de limpieza. Manos arriba, manos abajo, ahora la costilla, ahora el sacroides, ahora el hombro, arf, qué gustito, por Dios, arriba y abajo, pa los lados, dando vueltas, y notando las gotas de baba, qué apuro.
A esas alturas tenía yo los chakras en plena revolución, cuando para la música y empiezo a oír un murmullo así con muchas geminadas y vocales a cascoporro, ay que ver, cómo se parece el sánscrito al finés, cuando interrumpe una voz de mujer hablando un castellano de Castilla que decía no sé qué de un opus mayor de su puta madre, que era una adaptación de Sibelius, se conoce, del Kalevala, que a todo esto es, de todas las epopeyas europeas, una de las que más clase y distinción aportan a cualquier conversación (por desconocida), si exceptuamos, claro, los Eddas (que tampoco se ha leído ni cristo, pero qué bien quedas, oye); tú mentas el Kalevala en una reunión de gafapastas y te hacen la ola mientras ponen los ojos en blanco. Sin embargo, si sacas a relucir el Mío Cid o a los Nibelungos te tachan de friki rancio, te rompen el carnet de la FNAC y encima ya no te invitan al próximo cinefórum del Acorazado Potemkin. Claro que para los medievalistas, el Kalevala es una modernez y para el resto de personas normales, un coñazo soberano. No lo recomiendo como lectura de piscina (para oír el Kalevala en finés, mira al final del post).
Conste que la decepción por la ausencia de música mistico-sánscrita quedó compensada al segundo cuando me oí un chirrido que me hizo vibrar hasta la curcusilla (vulgo: coxis), no me gustó, pero admito que la cosa se puso bastante feng-shui: era como cuando coges una copa de cristal de Bohemia del güeno y pasas el dedo por el borde, pero al volumen del reactor del Endeavour. El sonidito de marras, que supongo que tenía que relajarme y equilibrar mis energías corporales, me puso la piel de pollo. Además, no fue una vez, ni dos, ni tres. Me tocaba un poco los hombros y el cuello y uuui, uuui, uuui, ahora en los brazos y otra vez uuui, uuui, uuui. Aquello era igual de siniestro que el aullido de las máquinas de guerra marcianas, pero con la tranquilidad de que justo después no te van a masacrar con un rayo ultramortífero. Levanté un poco la cabeza para ver el cacharrito en cuestión y vi que era un cuenco de cristal blanco que se tocaba con una vara, igualito que un mortero, pero más mínimal. Vamos, un mortero de Hábitat, moderno y carísimo, pero humilde mortero. No sé yo si soy el único que reacciona tan mal con el cacharrito de marras y tengo que hacérmelo mirar, así que ruego al público presente en la sala que si hay alguien que haya ido a que le masajeen y le hayan hecho pasar por el trago de escuchar el bol místico, se manifieste y cuente su experiencia.
Ya termino. La última sorpresa vino cuando empezaron con el culo. Ay, madre, qué salto pegué. Pero no por que fuera el culo en sí mim-mo, que una sobada de culo puede ser hasta divertida según la situación, sino porque, al parecer, tengo el músculo ¿piramidal? hecho unos zorros y cada vez que me pasaban los dedos por ahí, el dolor me estremecía. Así que ahí estuvieron, dándole que te darás, pa aliviarme la contractura (o lo que fuere) que tengo en el músculo de las narices y yo bramando porque me dieran una bala de plata o terminaran con mi vida dándome en la cocorota con el mortero feng-shui. Qué espectáculo. El piramidal está, amos a ver si me explico, tú te pones la mano en el culo, te buscas el hueso de la curcusilla y tiras pa la derecha o pa la izquierda (según quieras encontrarte el piramidal derecho o izquierdo, eso va a gustos) y a continuación te intentas tocar la cabeza del fémur. Si te aprietas y duele, es que también padeces del piramidal. Si te aprietas y no duele, una de dos: o no pacedes del piramidal, o tienes un enooorme y molloso culo. También puedes buscarlo en internet pa verlo, pero no dice nada, es un músculo bastante soso. Eso sí, ahora ya puedo decir que yo soy muy de padecer del músculo piramidal, que no lo puede decir cualquiera. Claro, todo esto suponiendo que fuera el piramidal, que ya no recuerdo bien.
Reconozco que un buen masaje es la pera y para mí merece el precio que se paga. Si tuviera muchos euros en mi cuenta corriente, me montaría una salita del placer en mi casa para que vinieran a darme masajes terapéuticos todos los días, me da igual que sean ayurvédicos o manchegos. Qué gustito.
¿Habéis ido últimamente? ¿Alguna recomendación?
Que Dios os bendiga, sarracenos.
Epílogo: ¿Qué es el Kalevala?
El Kalevala es un tocho de más de 23.000 versos en finés, alucina, recopilados por Elias Lönnrot y que recogen historias populares del folklore de la región de Karelia. En total son unas 50 historietas organizadas en ocho ciclos (según los personajes principales) que cuentan las aventuras de los héroes indígenas y se supone que son narraciones de cuando a María Castaña todavía no le había bajado la regla. Estas historias han pasado de generación en generación, sin ser puestas por escrito, hasta que a algún pirao, en este caso Lönnrot, le dio por escribirlas. El texto es de un complicado que espanta (además de estar en finés, que esa es otra) y como en la mayoría de epopeyas y cuentos de trovadores, el Kalevala está lleno de repeticiones para que el que lo contara o cantara pudiese recordar semejante cantidad de texto y dejar descansar la memoria.
Para los más atrevidos, aquí un fragmento del libro en cuestión, en finés (podéis escuchar el texto si le dais al botoncillo de abajo, es la primera vez que pongo un archivo de estos, así que si no furrula, paciencia
).
Vaka vanha Väinämöinen itse tuon sanoiksi virkki:
“Näistäpä toki tulisi kalanluinen kanteloinen,
kun oisi osoajata; soiton luisen laatijata.”
Kun ei toista tullutkana, ei ollut osoajata,
soiton luisen laatijata, vaka vanha Väinämöinen
itse loihe laatijaksi, tekijäksi teentelihe.
Laati soiton hauinluisen, suoritti ilon ikuisen.
Kust’ on koppa kanteletta? Hauin suuren leukaluusta.
Kust’ on naulat kanteletta? Ne on hauin hampahista.
Kusta kielet kanteletta? Hivuksista Hiien ruunan.
Jo oli soitto suorittuna, valmihina kanteloinen,
soitto suuri hauinluinen, kantelo kalaneväinen.
Tuli tuohon nuoret miehet, tuli nainehet urohot,
tuli pojat puol’-ikäiset sekä pienet piikalapset,
tytöt nuoret, vaimot vanhat, naiset keskikertaisetki,
kanteletta katsomahan, soittoa tähyämähän.
Vaka vanha Väinämöinen käski nuoren, käski vanhan,
käski keskinkertaisenki soittamahan sormillansa
tuota rautaista romua, kalanluista kanteletta.
Soitti nuoret, soitti vanhat, soitti keskikertaisetki.
Nuoret soitti, sormet notkui, vanhat väänti, pää vapisi:
ei ilo ilolle nousnut, soitto soitolle ylennyt.








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