La paciencia de San Esteban
La verdad, llevo una semana que no tengo nada, pero absolutamente nada que contar, claro está que lo que digo habitualmente por aquí no es nada trascendentalísimo y fundamental para comprender la evolución del pensamiento filosófico occidental y además está todo muy exagerado (aunque todas las historias sean rigurosamente ciertas). La dificultad es que como estos días no he hecho nada más que dedicarme a la vida contemplativa (y a tirarme de los pelos por la puta conexión a internete), lo único digno de mención es que se me ha caído el café fuera de la taza (dramón), que se me ha estropeado uno de los grifos y tengo que cambiarlos (esto es toda una tragedia) y que el otro día Sihaya se encontró un bicho ajjjqueroso en mi cuarto de baño (horror, sepukku y rasgar de vestiduras). A este paso voy a terminar escribiendo una novela de quinientas páginas sobre el momento trascendente de abrir un paquete de galletas maría y el espanto existencial de encontrarme con que la primera está rota; Proust estaría orgulloso de mí, ahora que pienso.
Pos hablo de mis clases.
Sabéis que durante mucho tiempo yo me he dedicado, casi exclusivamente, a dar clases para adultos, siempre de español o de alemán. Los adultos tienen una ventaja, a priori, sobre los niños: que están en clase porque quieren (presuntamente). O, por lo menos, la mayoría, porque siempre hay empresas en las que les insinúan, muy discretamente, mirá, nene, si vos no te ponés a tomar clases de alemán, yo te reviento. Claro que en otras los revientan vayan o no vayan a clases de alemán, entonces a todos los trabajadores les da de pronto una cosa así interna por querer clases de sintaxis del sánscrito, ¿¡cómo hemos podido sobrevivir sin la sintaxis del sánscrito!?, ¿¡cómo!?, justo a las horas de más movida en las oficinas. Sea como sea, el que mis estudiantes sean adultos no supone que la cosa vaya a ser más fácil para mí, porque clases más complicadas y duras que con los adultos cuando se ponen obtusos no las hay con niños, que las rabietas de un niño se pasan mucho antes y son más fáciles de manejar que las ¿obtusiones? / ¿obtitudes? Bueno, de eso ya hablé.
A mí me gustan mucho los cursos de principiantes. Siempre me ha dado un poco de gustirrinín pensar, al cabo del tiempo, mira qué bonica, ésta, que no conjuga un verbo en subjuntivo así la maten, pero qué bien le enseñé los plurales o también eso de qué gracioso es éste, oye, que todo lo que sabe se lo he enseñado yo, incluyendo los tacos habituales como “focaburra”, “pedazo de cabrón” o “me cago en toda tu estampa”, palabras y castizas expresiones que suelen utilizar delante de mí cuando la jefa o la de recursos humanos está presente, que son de un oportuno los jodíos, que tiran para atrás (momentos, por cierto, en los que aprovecho para tener un ataque de tos agudísimo y ensordecedor). Conste que nunca me he privado de soltar un coño bien fuerte en clase (quien dice coño, dice joder, por ejemplo), como recomendaba Alfonso Ussía.
Cuando empiezo a enseñar alemán o castellano desde cero, siempre procuro hablar en la lengua correspondiente, para que, por lo menos, dominen las tres o cuatro instrucciones que son necesarias para el curso, como ¿hay alguna palabra nueva, Hans Kevin? (y Hans Kevin relee el párrafo en cuesitón y busca palabras que no entiende), o vamos a hacer el ejercicio tres (y todos se preparan y ponen cara de angustia), o Wolfgang-Jürgen, por favor, ¿quieres venir y escribir tal cosa en la pizzarra? (y Wolfgang Jürgen se acuerda de mis antepasados remontándose hasta los celtíberos, se levanta y coge el rotulador), o Jutta de los Dolores, mona, ¿puedes poner los piños en pompa para que te pueda reventar la boca, so cazurra? (y Jutta de los Dolores, cuya madre es de Jaén pero que no le ha enseñado jamás el español, sonríe cándidamente porque no entiende un pijo de lo que estamos haciendo). Conseguir que entiendan frases complicadas al principio parece más difícil de lo que es. A la tercera clase todos saben abrir los libros, buscar palabras, levantarse para escribir algo en la pizarra y sonreír para decirme con la mirada ¿qué coño habré hecho en mi anterior vida para merecerme eso?
Resumiendo, que intento que la clase sea en español desde el primer minuto. Esto es estupendo y maravilloso para tus estudiantes. De hecho, les encanta darse cuenta de que pueden hablar y decir sus cosas y entenderse con el profesor y esto es un no parar de hablar castellano entre ellos y todo es guay y molón y de color rosa y modernísimo, que damos asco del buen rollo que hay, yupi. Claro, deben ser conscientes de que no van a poder dar una conferencia sobre la Crítica de la Razón Pura ni captar los matices entre estoy cansado y estoy que no me siento los piños, hostiaputa o entre eres una estúpida y el más colorido cállate la boca, focaburra, que me estás tocando las pelotas desde hace un buen rato. Pero oye, allá que se lanzan.
Esto, como profesor, conforta a la par que tranquiliza, no solo porque ves que eres capaz de enseñalres el presente de indicativo, sino de motivarles lo suficiente como para que puedan perder la vergüenza y participen en español. Luego vienen los extremos. Por una parte está el estudiante difícil que no abre la boca ni a la de tres. Pero más difícil es aún, aunque parezca mentira, que se lancen en exceso. Esto es como aquello que dicen de ten cuidado con lo que desear porque puede hacerse realidad, pues lo mismo. Porque hay pocas cosas más estresantes que intentar entender a un estudiante demasiado atrevido.
Estúdiese el siguiente diálogo:
Óscar: Muy bien, Otto-Winfried, así me gusta, muy bien, exacto, muy bien.
Otto-Winfried: Sí.
[y pone cara de satisfacción]
Óscar: Otto-Winfried, ¿tienes alguna pregunta? ¿Algo nuevo? ¿Alguna palabra nueva? ¿Todo claro? ¿Tienes todo claro?
Otto-Winfried: Sí, sí, soy de claro todo.
Óscar: Ahá.
Otto-Winfried: Óscar.
Óscar: ¿Sí? Dime, Otto-Winfried, dime, por favor.
Otto-Winfried: Óscar, ¿cómo es la estoy desde casa en español?
[que Dios nos pille confesados, te haces el sueco]
Óscar: Ahá. Muy bien, Otto-Winfried, excelente pregunta. ¿Puedes repetir, por favor?
Otto-Winfried: Sí, naturo, es casa de suyo, en español, Haus, ¿no?
Óscar: Ahá.
Otto-Winfried: ¿Sí?
Óscar: … Sí.
[y esperas que se dé por satisfecho, ya descubrirás qué quería decir]
Otto-Winfried: ¿Sí? Pero casa es todo ayer decir no, que el casa es en, ¿no?
Óscar: Sí, ahá, exactamente.
Otto-Winfried: No entiendo.
[rezas a la Virgen de Regla]
Óscar: A ver, Otto-Winfried. Casa, casa, ca-sa.
[juntas las manos haciendo un tejado]
Óscar: Ca-sa, LA casa, casa, ¿está claro?
Otto-Winfried: Naturo.
[que interpretas como un "naturalmente que está claro, ¿me has tomado por imbécil?", y continúas]
Óscar: Estoy en casa. Yooo estoy EN ca-sa.
[te levantas, vas a la pizarra y dibujas esto]
Óscar: Estoy en casa. Yooo estoy EN casa. ¿Está claro, Otto-Winfried? Yo estoy en casa. ¿Sí?
Otto-Winfried: Sííí.
Óscar: Excelente, Otto-Winfried, muy bien, MUY bien.
[ahora dibujas esto]
Óscar: Yo voy A casa. Voy A casa, ¿sí?
Otto-Winfried: Sí.
Óscar: Muy bien, Otto-Winfried. Muy bien. Ahora, por favor, Janice-Veronika, por favor.
Otto-Winfried: ¿Óscar?
Óscar: Sí, Otto-Winfried, dime, por favor, dime.
[e intentas no poner una cara muy agresiva]
Otto-Winfried: Sí, naturo, a casa y en casa y todo eso, sí, sí, perooo… hm… ¿la departición?
[aquí la cosa se va poniendo fúnebre, pero con una sonrisa más falsa que la voz de Enrique Iglesias preguntas]
Óscar: ¿La departición, Otto?
Otto-Winfried: Sí, sí, eh, sí, vale, ya, la arrivamiento a casa, ¿sí?, y ¿la departición?
Óscar: … ahá, la departición.
Otto-Winfried: Sí, sí, la departición.
[entonces caes, la experiencia es un grado y siempre lo ha sido]
Óscar: Ahá, vaaale, sí, Otto-Winfried, interesante pregunta, sí, sí, muy bien, Otto-Winfried, ay, pillastre, pillastre.
[le haces la ola porque has conseguido entenderle, te levantas y dibujas]
Óscar: DE casa, DE casa.
Otto-Winfried: Aaah, sí, sí, sí.
Óscar: EN casa, A casa y De casa.
Otto-Winfried: Sí, sí. Entonces yo voy de casa, correcto, ¿sí?
[cara de pez]
Óscar: Sí, Otto, sí, muy bien, hale, Janine-Veronika, si me haces el favor.
Y pasas de explicarle a Otto-Winfried que voy de casa puede que no sea correcto, pero él está tan contento y no le vas a chafar el momento a semejante terrorista. Además, Janine-Veronika está ya que se tira de los pelos del pubis porque le suda el ídem si es de casa o a casa y quiere terminar la clase cuanto antes.
Lo he dicho otras veces, pero ¿sabéis la paciencia que hay que tener? ¿Vosotros sois conscientes de que un buen profesor es aquel que tiene más paciencia que San Esteban, que cuando le estaban lapidando aún rezaba por los que le tiraban los piedros, el muy gilipollas? Pues eso.
En fin. Ten alumnos para esto.











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