Porfavorpontemásparalláquenoquepo
Hacía tiempo que no veía a E., así que el otro día quedamos para cenar y salir a tomar algo por una zona que no frecuento por razones técnicas y de infraestructura, razones que están en trance de cambiar porque lo de la pata quebrada ha pasado a mejor vida. A eso de las diez de la noche llegué a casa de E., que había hecho pasta a la carbonara y nos pusimos al día en lo último de nuestras respectivas vidas, que había tela para cortar y hacerse un vestido de faralaes. Bla, bla, bla, jatetú qué mala es la gente, bla, bla, bla, jatetú qué boba estás tú también que parece mentira, bla, bla, bla, jatetú qué caro está el pollo… Luego E. me dijo que había quedado con N. -a quien tampoco veía yo desde hacía un tiempo- en un bareto de los de bailar y de parroquia interesante, así que después de despotricar y solucionar los males de la humanidad un tres o cuatro veces, teníamos un plan de diversión urgente, que era lo que allí nos había reunido.
Allá que salimos E. y yo, con un par de cervecitas en el cuerpo (donde “un par” significa “cinco o seis”) y tras haber jurado y perjurado, botella de Mahou en mano, que no íbamos a salir mucho. Yo dije aquello tan típico de na, un ratito y pa casa, ¿eh?, que hoy he trabajado y estoy cansao porque no he dormido apenas, y E. me contestó que uy, sí, sí, que mañana ya veremos pero hoy no tengo el cuerpo para fiestas, lo que suele ser un anuncio de una cogorza de récord y el consiguiente despiporre. Nos pusimos en camino ande habíamos quedado con N., pero como nos entró así de pronto la devoción a Ntra. Sra. de la Heineken Caldosa terminamos de vía crucis por las cervecerías que nos íbamos encontrando al paso. Tercera estación: Jesucristo cae por primera vez, gloglogló (una Heineken); cuarta estación: a Jesucristo le encasquetan la corona de espinas, gloglogló (una Coronita). Al rato llama N., que estaba con L., un amiga suya, oye, tú, que el bar está cerrado, que ¿ánde vamos?, y decidimos ir a otro que, por lo que me dijeron, iba a ser igual de divertido. Y vaya si lo fue.
Recuerdo vagamente que hice el ridículo más espantoso con el anillo que llevo, que nos hicimos fotos (y me dijeron que no me parecía en nada a como había salido en la pantallita de la cámara) y que la música era de la que jamás te meterías en el ipod pero que luego, curiosamente, te pones a bailar a la mínima. Venga bailar, venga bailar, yo qué sé lo que bailamos. La cosa terminó, como no podía ser menos, sin música y pensando desesperadamente en un local que estuviera abierto a esas horas. Y allá que vamos. Sí, sí, vamos a tal sitio, que está aquí cerca y ya verás que guay. Qué miedo dábamos.
Entrado que hubimos, observé que habría, a lo sumo, diez tíos. El camarero, un par de despistáos, otros que no lo estaban tanto, un espontáneo que habíamos conocido en el primer bar, N. y yo. Pero es que, mirando bien, la mitad de las chicas que había ahí, que las había a espuertas, me parecían guapOs, que le dije yo a E. que allí había más testosterona por baldosa cuadrada que en un partido del Real Madrid (sí, menudo comentario, ya lo sé, pero es la única hipérbole que me salía en ese estado). Un cuarto de las restantes eran normales y el cuarto final, guapas, pero no guapas de qué buena estás, ¡so jamona!, sino guapas de hermosas en el sentido literal de la palabra, bellas. Suspicaz que es uno, deduje que se trataba de una discoteca para mujeres guapOs, mujeres normales y mujeres hermosas, o lo que es lo mismo, un bar de solo de mujeres. Que sí, que ya me lo habían dicho, pero pensé que no iba a ser tan de chicas, que yo ya había estado en sitios así pero la proporción no era de veinte a uno como en ese local.
Visto que el mercado estaba mal y que yo cotizaba a la baja, sólo me quedaba ponerme a bailar y hacer el ganso. Y allá que me puse, pero con saña, ¿eh?, nada de chorradas. A eso de las seis de la mañana, E. estaba ya que se tambaleaba, N., también, L., tres cuartos de lo mismo y yo hacía lo propio, que la última cerveza no me la pude ni acabar y eso que yo aguanto más birras que un alemán en Mallorca. Si yo digo que no a una cerveza es que la situación es crítica. Además, habían apagado la música y nos estaban desalojando. Hale, pa casa.
L. tenía que coger un taxi, N. tenía que acompañarla y E. tenía que pillar la cama so riesgo de sufrir un accidente (vulgo: piño) que la dejara peor de lo que estaba. Yo tampoco andaba muy fino, pero andaba, a poca velocidad y haciendo eses, que Fraga me habría ganado, sí, no te digo yo que no, pero llegué sano y salvo y, para mayor orgullo, sin decir muchas gilipolleces (que yo recuerde). E. subió a su casa, yo la acompañé y N. esperó un taxi para L. no sin antes suplicar que nos tomáramos la última en casa de E. Pues eso. Yo subo, E. se tira en plancha a la cama (en la suya, que es de matrimonio) y yo me pongo a zamparme los restos de los espaguetiS carbonara de la cena, en previsión de una resaca de las de quiero que me fulmine un rayo y que termine con este sufrimiento o, por lo menos, que me explote de una vez la cabeza, aparta, aparta que me explota de verdad, ¡pum!
En esas estaba cuando N. llama al timbre y sube. Se sienta en el sofá-cama que me correspondía y me pregunta por esa última cerveza. Como no quedaba en la nevera y no podía preguntar a E. si tenía más por ahí rescondida (la clásica botella de urgencia) porque estaba de viaje por Catatonia, le dije que ni puta idea y que sospechaba que la última cerveza ya nos la habíamos tomado. Mantuvimos una microconversación que ya no recuerdo, me metí en el cuarto de baño y a la que salgo me encuentro a N. tumbado en MI cama, repito, MI cama, y profundamente dormido. ¿Y ahora qué?, me pregunté, porque la cama no era especialmente ancha. Me salió la vena Sherlock Holmes y le dije: Oye, N., que te vas a quedar dormido, elemental, querido Watson, venga, vete para casa. Y N. que no respondía, ni daba señales de vida, ni roncaba, ni protestaba. Nada. Cero. Patatero. ¿Y ahora qué coño hago en una casa llena de cadáveres? ¿Dónde cojones voy a dormir la mona esta que llevo?, pensé. Así que si no puedes con tu enemigo, alíate con él. Allá que me puse a quitarle los zapatos a N., en plan madre, para que no ensuciara las sábanas. Primero uno, después el otro, y qué concienzudo es N. haciendo nudos, coño, hay que ver, qué nudos más complicados, que en vez de los cordones de los zapatos parecía que había montado una tirolina. Entre eso y que yo llevaba una trompa finísima, me faltó el canto de un euro para deshacer el lío con los dientes. Al final, a estirones, lo conseguí. Y decidí que me iba a meter en la cama. Total, N. estaba frito del todo, no se enteraría hasta el día siguiente y entonces ya daría igual porque por la mañana no importa cómo hayas dormido sino cuán pulsátil es el dolor de cabeza y a qué mala hora te pediste el chupito de la mierda esa.
Como no soy muy de andar fino de la percepción espacial, no vi el problema que se me presentaba hasta que intenté meterme en la cama. ¡Ja!, qué risa. Y es que N. (lo voy a confesar y si lees esto no te enfades, pero es digno de contar) tiene la costumbre de dormir en la postura de la folklórica, a saber: brazo derecho levantado en posición castañuelas piñoneras, brazo izquierdo hacia atrás modelo lanzador de disco, torso hecho un gurruño, culo en pompa y espatarratus totalis (del euskera *espatarrak). A todo esto, el sofá cama era de medio cuerpo como máximo. Así que allí habíamos cuerpo y medio de más. Pero no solo eso, es que N. se vuelve de acero cuando se queda dormido, así que no había forma de empujarle para que cambiara de postura: ni un porfavorpontemásparalláquenoquepo, ni levantándome para cambiarle yo la postura a la fuerza, ni codazo en las costillas que valiera. Y yo mientras borracho perdido. ¿Solución? No se me ocurre otra cosa que sentarme en el sillón, a ver si podía dormirme. Obvio, no pude, imagínate, con una cogorza descomunal y sentado en un sillón rarísimo, oye, que no sé por qué E. se compró un sillón que daba vueltas. Así que intenté meterme otra vez en la cama. Y esta vez ya eché mano del clásico recurso de la apisonadora a ver si podía dejar a N. hecho un cromo en la pared, como en los tebeos de Mortadelo y Filemón y ocupar yo la cama que me correspondía por derecho.
Y tuvo que funcionar porque más o menos a las 11 de la mañana me desperté en la postura de Tutankamon con la cara de E. en mis morros, toda flipada porque estábamos N. y yo en la cama (recordad que E. había caído fulminada en su cama antes de que N. subiera). Entornó los ojos, puso cara de dolor de cabeza, se llevó una mano a la sien y dijo ay, ay, ay, yo no quiero saber nada de vuestros rollos, ¿eh?, dando a entender: qué pereza me da que haya pasado lo que parece. Porque claro, dos amigos suyos en la misma cama, medio en pelotas y después de una borrachera da para pensar que ni última cerveza, ni pollas… o bueno, pollas sí, precisamente. Bueno, da igual, me levanté como un rayo para vociferar: calla, mal bicho, que cuando te pones abyecta eres peor que un balrog de Moria y pasé a arrastrarme como un perro suplicando que me dejara un huequecito en su enorme cama.
E. y yo nos despertamos a las tantas, con ganas de que legalicen de una vez la eutanasia, con la sensación de que nos iba a explotar la cabeza y que íbamos a dejar todo aquello perdido de sesos. N. ya se había ido y E. no se acordaba de que me había acusado unas horas antes de concupiscencia con agravante de nocturnidad y frenesí erótico.
Menos mal que no nos tomamos la última porque entonces ya no sé cómo habría acabado todo aquello. Y suerte de que no nos entró la fase de la exaltación de la amistad. A todo esto, ya en mi casa, me vi debajo del sobaco derecho un moratón sospechoso de ser fruto de un codazo de N., y que sepas que esta me la guardo y que la próxima vez te estiraré de la pata hasta que te caigas de la cama y me dejes dormir a gusto.
En fin. Qué bien me lo pasé, cuánto me reí y qué gamberros que semos, oye.
PD: Perdón por el rollo, pero no me ha salido más corto.
PPD: Sigo sin internet. Tengo síndrome de abstinencia. Y los cíber de la zona son inmundos.
PPPD: Para mayor intimidad, he cambiado las iniciales. Y por cierto, si alguno de los presentes fue testigo, que me consta, ruego la más respetuosa de las discreciones.
PPPPD: Sé que ando de post profundo en post filosófico, pero es que de donde no hay, no se puede sacar.








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