Tengo una vaporeta
Por fin he vuelto… pero a medias porque no tengo internet en casa y por aquí no tengo cibercafeses, que yo sepa.
Estos dos meses han sido de crisis total:
- conocí a varias personas que me hicieron pasar unos días estupendos fuera de Valencia (¡y los que nos quedan!, ¿eh?, solo me faltan los leuros y aprovecho para decir que cualquier donación en forma de billete de cien será bienvenida, que las cervezas capitalinas están muy buenas y no emborrachan ni la mitad que las valencianas),
- me he mudado a un piso por exigencias del guión, así que ahora no tengo internete (ni lavadora, ni frigorífico, ni perro Manolo, y me las apaño, conste)… más información en próximos boletines,
- no he leído nada de nada (ni el prospecto de las juanolas) porque no estaba suficientemente concentrado,
- he necesitado escribir en este blog y ponerme a vociferar más de una vez y más de dos y no lo he hecho y, lo más importante,
- me he dado cuenta de la cantidad de gente estupenda que me rodea, que me quiere y me aguanta.
Vale, no es muy de ser yo lo de ponerse sentimental, así que vuelvo al modo normal, o sea lo que es el modo cojonero, mala leche y/o capullo profundo.
Ay, los alquileres, qué risa, Marisa, es que es para mear y no echar gota, como cuando te pones y te escuece que te cagas pa que salga la gotina y te pones a beber agua a litros y no hay manera. Pues igual. En vista del éxito me puse a buscar habitación en piso compartido, pero vamos, me se salía la mandíbula de las órbitas y los ojos me se desencajaban. Y oye, como sabéis que no soy muy de cortarme las venas, que siempre he dicho que es un empastre además de una ordinariez, decidí mudarme al piso que tiene mi familia en una zona de bakalaeros, chonis, vanes, yenis y paleocalorros, también llamados calorros tradicionales, arriquitráun, o protololailos (vocablo del griego *proto- y el mozárabe *lolailo). Pero bueno. Cuando entré, ay, madre, cuatro años chapado a cal y canto, aquello era para entrar con las redes de gladiador, el lanzallamas y toda la fuerza de los maestros jedi. ¿Os acordáis de las escenas finales de la segunda parte de Alien?, pues tres cuartos de lo mismo, incluso yo diría que más aterrador.
Pero hete aquí que mi madre es una mujer grande, magna y sabia, de las que ya no quedan, y me dio la solución: una vaporeta. ¡Ay, la vaporeta! Le dije a Sihaya que la vaporeta tiene que ser un artefacto diabólico, porque no le encuentro explicación … ay, la vaporeta, maricómovadebién, sísísísí, que oye, de allí salió un esqueleto completo de Diplodocus Fratinensis, dos cráneos del eslabón perdido, un tesoro de no sé qué reina fenicia, medio retablo completo de Sorolla, con marcos y todo, horrendos, pero de época, y un bicho enorme con dos cuernos que hacía muuu y tenía un cartel que decía Milka en el lomo, qué gato más raro, me dije. Pero es que espera, espera, que la cosa no queda ahí, es que pasé la vaporeta a la cocina un día, ¿vale?, pues me levanté al día siguiente y se me cayeron los huevos al suelo, clong, parecía que a aquello le faltaban otras tres pasadas de vaporeta, así que como estaba yo en un mal momento, me puse en modo obsesivo y allá que voy, baldosín por baldosín, pfff, pfff, hasta que aquello quedó como los chorros del oro, quedabagusssto ver el suelo. El problema es que no sabía qué hacer con el gato ese raro (el de los cuernos), así que lo engañé, misi misi misi, y lo tiré por el deslunao y oí a la vecina que no sé qué decía de mi madre, que no le hice caso, que está histérica.
Ay, ¿y el KH-7? ¿Qué me decís del KH-7? A mí que no me cuenten milongas, pero la fábrica del KH-7 debe de estar en Chernóbil capital o lleva chernobilina o hiroshimato sódico, porque a los dos días mis manos eran dignas de un híbrido entre la momia, el monstruo de Leganés y los mutantes de Futurama. Se me caía la piel a trozos, que iba dejando un rastro de escamas por ahí. ¿Y las uñas? ¡Ay, las uñas!, todas negras, no sé si serán los primeros efectos de tolerancia al barrio o yo que sé, qué negras, qué ascopordiós, me informé y me dijeron que las pusiera en lejía con agua caliente y ahí yo haciéndome la manicura con la vaporeta entre mis brazos, qué maravilla de aparato, que no se lo voy a devolver a mi madre y ya tengo cola, todos mis amigos ahí como locos, ¡déjame la vaporeta!, ¡déjame la vaporeta!, que mi puerta ya parecía la del camerino de Bisbal, ahí la turba histérica, todos intentando sobornándome para que se la dejara, los muy cabrones, desagradecidos, que luego no tendrán ni un detalle conmigo, que lo que vale es la intención ya lo sé, pero es que no me invitarán a una miserable fruslería, no sé, un bocata de caviar iraní o una cuba de champán brut, que decía Ozores, no, no, a un café o a lo sumo un sandwich de berberechos con mayonesa y voy que me mato (y los berberechos me dan asco, que lo sepáis). En fin. Ten amigos pa esto. Cabrones.
A lo que vamos: que vuelvo a estar en el mundo de la blogocosa (¿no es un palabro horrendo?), pero no sé ni cuándo, ni cómo, ni dónde. Pero estar, estoy. Y mil perdones por no contestar a nadie, iré haciéndolo poco a poco. Un abrazo a los de siempre y a los que han entrado nuevos, oye, que es costumbre de la casa hacer una donación al que suscribe cuando uno planta su primer comentario aquí, en señal de respeto, devoción y fervor místico, pero esta vez estoy menos por detallitos tipo reloj suizo y más por cosas más prosaicas, como un frigorífico o una lavatriz de 8000 revoluciones. Y lo que ya sería la hostia es que algún alma caritativa me regalara 300 euritos de nada, que necesito correrme una juerga de las de acabar comiendo las sobras del telechino a las siete de la mañana pa que la resaca no sea tan grave, ¿eh?, a ver si os estiráis, que estáis un poco racanillos.
En fin, ya sabéis.
Óscar
PD: Sí, sí, reírse, reírse, pero como no me deis lo 300 euros, acabaréis en urgencias pa que os extraigan la vaporeta del agujero de abajo de vuestro sistema digestivo y como no os hayáis depilado se os quedará el rosetón impresentable.








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