El indoeuropeo y yo
A grandes bloqueos, oye, tiramos de (los) archivos.
Yo ya hace ya mucho, oye, que soy un friqui de las lenguas, pero vamos, desde los tiempos de Verano Azul. Pero alcancé el nirvana de la friquitud cuando me puse a estudiar filología. Desde ruso hasta esperanto, me estudié lo que había pa estudiar en mi facultad y más allá. De hecho, era el bicho raro de clásicas porque era el único de otros departamentos que se matriculó en el primer curso de indoeuropeo que daba la Universitat de València. Y tampoco es que fuera aquello una clase de las de mogollón, vamos, que éramos cuatro, pero no cuatro de “cuatro gatos”, sino cuatro de “uno, dos, tres y cuatro”, con el profesor, cinco: tres de clásicas y yo. El profesor, que también debía tener su aquel de friquez filológica (era un pipiolo pa dar indoeuropeo, unos 40, cuando el resto de carcamales supongo que ya se habrán convertido en piedra) decidió que me daba clases particulares, los miércoles, porque mis conocimientos de latín y griego no daban pa seguir la clase, y no es por dármelas, pero oye, mi latín era bueno, pero es que los otros sabían muuucho más de latín que yo, que para eso estaban haciendo clásicas y no arquitectura, claro que por esa regla de tres, en filología alemana la gente debería saber mucho alemán y en fin, me voy a callar, que me sube el azúcar. Con el griego ya era otra cosa (y no voy a aceptar risitas), di dos cursos en el cole que me dieron para saber a leer, declinar anthropós y tres o cuatro palabras más y los aoristos de los verbos, que hay que ver, qué chungo el griego y sus verbos, tú. Claro, en aquella clase de indoeuropeo yo no pintaba nada porque lo mío era el alto alemán antiguo (suena tremendo, ¿eh?), que acababa yo de dar mis cursitos de Althochdeutsch y Minnesang y lo del gótico lo tenía yo chupao, no el latín y menos aún el griego, que aquellos andaban leyendo de carrerilla a vete tú a saber a qué viejales y a mí no me daba ni para Nana Muskouri.
Total, que terminé yendo los miércoles yo solito a que este señor me diera material para leer y estudiar y para prepararme el examen por mi cuenta; atención personalizada que llaman ahora. Un lujo (estuve en otra clase zen, o sea, mínimal, una de romanticismo alemán, pero aquello eraaa, era de un interesanteee, vamos, que tenía el mismo efecto en mí que un rohipnol).
Con el tiempo se me fue pasando lo del indoeuropeo: no es que ahora pase totalmente, pero ya no estoy oKsesionado con el asunto, supongo que porque he llegado a la conclusión de que con el indoeuropeo no se va a muchos sitios, por no decir a ninguno. Y tampoco es que en internet haya mucha información al respecto y lo que hay está taaan especializado (pongamos, alternativas al uso del dativo en tocario), que ya ni me pongo a buscar cuando estoy aburrido. Claro que alguno sí le habrá encontrado su utilidad. De hecho, hace unos años, TVE dio la paliza con una miniserie sobre los orígenes del Homo Sapiens, que estuvieron como dos meses dando por culo sobre el asunto y al final a mí tampoco me pareció para tanto, como la mayoría de las veces que anuncian algo a bombo y platillo. Pero qué casualidad, justo en el trozo que vi salía un cavernícola que encontraba fuego o averiguaba como hacerlo o ya no sé qué, no me acuerdo, y se ponía a llamar a su familia y amistades para informarles sobre el particular y a fotograma seguido habían hecho todos un corro, tan contentos, poniéndose a gritar *pr como descosidos (pronunciar la palabra *pr es fácil: imitando el ruido de un coche con una pe delante, “prrrum”, le quitas el “um” y alargas la erre). En ese momento pensé que qué majos los guionistas, que habían llamado a un indoeuropeísta para que les asesorara sobre la cuestión, y por otra parte qué listos estos cavernícolas, no dicen una palabra y ya saben que el fuego es bueno y le ponen un nombre y todo. Se supone que *pr es el origen de la palabra indoeuropea peyros, que daría luego el griego pyr (de ahí, pirómano) y el germánico antiguo *fiur (y al alemán Feuer, al inglés fire y demás). Qué pagado andaba yo porque había pillado el asunto, que es de un friqui que espanta, ya lo sé. Creo que es la única utilidad que le he encontrado a lo del indoeuropeo. Eso y contar esta historia, claro.
Ya sé que a la mayoría lo del indoeuropeo y mi vida privada os la traerán floja (u holgada, según el género de cada cual), pero me llena de orgullo y satisfacción pensar que debo de ser el único bloguero en 500 km a la redonda que saca el tema. Pues eso.
PD: Otro día contaré mi otro clímax friqui, cuando leí el Silmarillion, me tragué sus apéndices y me informuve sobre la declinación del Quenya y los plurales del Sindarin, que son la leche.








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