Comrie, los universales del lenguaje y el pepinillo verde moco
Ayer fue uno de esos días en que no tienes ni un segundo de respiro pero terminas con la sensación de no haber hecho nada, y eso a mí me pone del higadillo. La cosa terminó bien (después de un momento de crisis cósmica y trágica) con una cena a cuatro bocas, a base de puré de patatas, pepinillos y muchas salchichas alemanas, de las del Lidl (y aviso que quien ponga las fránfur a la plancha será deslinkeado y condenado al ostracismo bloguero, dicho queda). No sé cómo terminamos haciendo una especie de tertulia ilustrada, que si los universales del lenguaje, que si las lenguas artificiales, que si la masonería, que si que si los criterios de Grice, oiga, un no parar cultureta, reunidos que nos hallábamos pOfesionales de diferente clase y condición… peleándonos por un par de pepinillos, sobre los que, por cierto, hubo sus más y sus menos porque eran dulces, igual que con la mostaza, salsa traidora (a mí me gusta la mostaza esa que parece que te da con un martillo en la nariz, tirando a wasabi, aaarh, qué rica). Sí, sí, mucha ilustración y mucho leer pa que nos tiremos de los pelos por el último pegote de puré de patatas (que si me hubiera pasado toda la tarde preparándolo, aún, pero total, calentar el agua, abrir el sobre y remover, toda una creación de Arzak).
Lo importante es que la conversación fue interesante y divertida. ¡Ah!, y me dio la idea para el post y para otro más, que siempre viene bien teniendo en cuenta la poca inspiración de las últimas semanas. Una de las cosas que salió, no recuerdo a santo de qué, fue lo de los universales del lenguaje. Seguro que habéis oído la leyenda de que los esquimales (así, tos juntos) distinguen no sé cuántos blancos distintos (unos dicen 16, otros, 30). Sin embargo, lo único que he leído al respecto de una fuente autorizada (vulgo: filólogo rarito y con pocos amigos que dedica media vida al estudio de las estructuras ergativas en las lenguas del Cáucaso) es el estudio de Brent Berlin y Paul Kay (Basic Color Terms: Their Universality and Evolution), de 1969, al que hace referencia Comrie en Universales del lenguaje y tipología lingüística (todo un clásico que ahora está de saldo en Gredos, a seis euros, apto para filólogos y para gente normal, económico, oiga) y dice cosas que son para mear y no echar gota. Berlin y Kay se pusieron a estudiar las palabras que utilizan las personas humanas para referirse a los colores y descubrieron que hanunoo, una lengua filipina, usan las siguientes palabras:
- lagti: blanco y tonos claros de otros colores, como el azul claro.
- biru: negro y tonos oscuros.
- rara: rojo, naranja y rojo oscuro.
- latuy: amarillo, verde claro y marrón.
Con lo que los hablantes de hanunoo no distinguen entre amarillo y verde, pero sí entre biru y rara, contraste que no existe en castellano, por ejemplo.
Más adelante dice Comrie que estos dos descubrieron que a pesar de que a veces los hablantes de una misma lengua no se ponen de acuerdo entre los límites entre un color y otro (como cuando vemos el turquesa, que hay personas que dicen que es azul y otras, que verde) y, sin embargo, todos nos ponemos de acuerdo cuando nos preguntan por aquello que representa el modelo de tal color, a lo que llaman el “foco”. Por ejemplo, si nos preguntan cuál es el rojo por excelencia, tenemos tendencia a decir que el de la sangre, el blanco es el de la nieve y así (aunque ayer no nos pusimos de acuerdo con el amarillo, dos dijeron que el del huevo, otros dos dijimos que el del sol). Así que el foco de rojo es la sangre, el del blanco, la nieve, y así con todos.
Lo más interesante para mí viene ahora. Y es que también se sabe que existe una jerarquía entre los colores (lo que no implica que nos guste más uno que otro, por mucho que ahora vuelva la moda de pintarse las uñas de los pies de rojo), sino que no todos las personas distinguimos todos los colores posibles (de ahí que las cartas de pantone sean tan necesarias y tan inquietantes a la vez), pero dado un número X de colores, serán unos y no otros los que distingamos (seguro que habéis puesto cara de póquer con lo que acabo de decir, la misma que yo puse cuando lo leí):
- Si una lengua distingue sólo dos colores, esos serán blanco y negro.
- Si son tres, entonces serán el blanco, el negro y el rojo.
- Con cuatro: el blanco, el negro, el rojo y el cuarto será o amarillo o verde.
- Cinco: blanco, negro, rojo, amarillo y verde.
- Seis: blanco, negro, rojo, amarillo, verde y azul.
- Siete: blanco, negro, rojo, amarillo, verde, azul y marrón.
O sea, que si una lengua tiene una palabra para verde, necesariamente existirá el rojo, y si tienen el marrón, seguro que tienen el azul. De ahí que la jerarquía de colores para los seres humanos, según se manifiesta en las diferentes lenguas, sea, de mayor a menor importancia:
- blanco / negro
- rojo
- amarillo / verde
- azul
- marrón
Lo dicho: pa mear y no echar gota. Me parece curioso que a partir del marrón, Berlin y Kay guarden un respetuoso silencio, quizá Berlin era daltónico, quizá terminaron saltándose los piños el uno al otro con sendas cartas de pantone (“que esto es rosa palo”, puñetazo, “que no, que es un color salmón tirando a rojo caldera”, martillazo al cráneo, “¿serás hijo de puta?, ¿no dijimos que el color salmón era el de las cortinas de tu santa madre?“). En fin, nunca lo sabremos.
¿Y todo esto de los colores y los universales pa qué sirve? Para los filólogos, de bastante (por ejemplo, para interpretar por qué tal y tal lengua se parecen aunque no tengan ninguna relación de parentesco) o para los psicólogos (explica que algunos principios sean innatos a todos los niños del mundo, con independencia de su entorno étnico), aunque para el resto de gente de bien nos sirva para tener tema de post y quedar leídos y culturetas.








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