Google Maps y las rotondas
El otro día me llamó Sihaya para preguntarme si podía acompañarla a Alicante a hacer unas pruebas de nivel a unos cuantos chavales que participan en un programa académico de la Comunidad Valenciana. El asunto venía con dos problemas de regalo: el primero era que la prueba era de inglés y mi conocimiento de este idioma renquea más que cierto dinosaurio gallego (y no me refiero al brontosauriño, sino al Fragasaurius Rex). La segunda pega era que había que levantarse a las cinco y media de la mañana (del sábado), hora indecente a la que debería estar prohibido salir con coche porque las calles todavía no están puestas. Que sí, que vale, que voy; total, unos euritos más me vendrán de perlas (euritos que, a la vuelta, nos gastamos en una comilona de las que terminas con dolor de las principales arterias de estos, nuestros cuerpos serranos, pero eso es otra historia que deberá ser contada en otro momento).
Cuando el gallo todavía estaba con la cafetera al fuego, pasó Sihaya con el coche a recogerme. Allá que salimos (qué buenos sooon, los de las fundaciones, qué buenos sooon que nos llevan de excursión). Yo iba de copiloto con un mapa de Google en las manos que lucía un pequeñísimo disclaimer abajo del todo (pa que no se vea) que decía algo así como que ellos no se hacían responsables de que el Ministerio de Fomento decidiera cambiar la ciudad de Alicante de sitio o, lo que es lo mismo, de que te perdieras. Ni Nostradamus, oiga. Allá que pasamos Benidorm, salimos de la autovía y a los cinco minutos ya estábamos más perdidos que Hansel y Gretel en el Amazonas. Es que antes de hacer las pruebas de nivel nos habían organizado una yinkana (juro que según la RAE se escribe así) que consistía en hacer entrega de unas cajas a una persona en San Juan (en el extrarradio de Alicante Ciudad), todo muy misterioso y enigmático: si no fuera porque en las cajas ponía “Carpetas” me habría creído que se trataba de tráfico de drogas o de órganos o de algo así y que la Guardia Civil y el FBI andaban tras la pista de dos exprofesores de idiomas convertidos a traficantes de corazones humanos rellenos de cocaína.

Seguís por aquí todo recto, pasáis la primera rotonda, llegáis a la segunda y giráis a la derecha, después vendrá otra rotonda y giráis a la izquierda y después todo recto.
Gracias, gracias, y por algún misterio de la ciencia nos habíamos vuelto a perder después de la primera rotonda. Nos vimos en una urbanización que había diseñado el rotondero municipal, a la vista de la cantidad de glorietas que había. Perdido que nos hubimos, preguntamos a un señor con pinta de enterarse poco que nos dijo:
Uuu, eso está muy lejos, tenéis que llegar a la autovía. Mira, sigue todo recto por aquí y verás una rotonda. Bueno, pues esa no es. Sigues y verás la segunda, giras a la izquierda y pasas unas pistas de tenis. Cuando llegues a la rotonda que tiene un barco en el medio, gira a la derecha, pasas la peluquería “Conchi’s” y ahí ya sales a la autovía, no tiene pérdida.
Se conoce que cuando dijo lo de la autovía desconectamos los dos porque hicimos lo que nos salió del volante, o sea, volver a perdernos. Cuando después de buscar insistentemente un sitio pasas por una calle que ya te suena es que hay algo que va mal. ¿Solución? Sencilla: cuando llegábamos a un cruce o a una rotonda cogíamos la calle que más nos venía en gana, a la derecha o a la izquierda, aleatoriamente. ¿Por dónde?, me preguntaba ella. Por ahí, contestaba yo, consciente de que ella sabía que lo estaba diciendo por decir y sin criterio ninguno. El resultado fue que de golpe y porrazo nos vimos en una desierta nacional llena de rotondas siniestras y cruces perversos y sin rastro alguno de señales que indicaran la dirección para volver al pueblo o salir a la autovía o llegar a Alicante o volver a Valencia, que ya nos daba igual. Concluimos que la nacional debía de llegar a algún sitio (evidentemente era más probable que condujera a alguna parte que que nos llevara al final del mundo y nos hostiáramos por el precipicio), así que continuamos y, oh maravilla, llegamos a un sitio con casas (digo “sitio con casas” porque fuimos incapaces de determinar a qué municipio pertenecían, dada la ausencia de letreros que nos indicaran sobre el particular). Continuamos hasta que nos encontramos a dos señoras que estaban charlando en una acera: hola buenos días,… buenos días, …, disculpe, …, oigaaa, señoraaaaa, señoraaa, oigaaa, eeeh, eeeeeeeh. O estaban concentradísimas en discutir la subida del precio de los carburantes o la Seguridad Social no patrocina los sonotones de las ancianas alicantinas. Al final una de ellas se dio cuenta de que estábamos allí y se acercó. Asumimos que seguíamos en la provincia de Alicante (porque no habíamos visto un cartel dándonos la bienvenida a Castilla-La Mancha, que no sería la primera vez, lo prometo) y nos atrevimos a preguntar: ¿sería Vd. tan amable de explicarnos cómo llegar a la Avenida de las Flores? A lo que la señora respondió con unas indicaciones dignas del más moderno de los dispositivos GPS en el mercado mientras su compañera se acercaba arrastrando una pierna y con la misma expresión en la cara que Frau Brücher (relinchos) después de haber hablado con el Servicio de Atención al Cliente de Vodafone:
Pos mira, pasáis esta avenida de ahí y cuando lleguéis a la retonda (!), subís parriba y por ahí es, pero no estoy muy segura.
Muy agradecidos, arrancamos el coche y nos entró la risa floja, no por lo de la “retonda”, que cada cual tiene sus preferencias, sino por la indicación precisa denotada por el sintagma “subir parriba”, por el conciso “y por ahí es” y la apostilla “pero no estoy muy segura”. Por fuerzas que soy incapaz de explicar, esta vez sí hicimos caso a las indicaciones y al grito de “si a las ocho y cuarto no hemos llegado, nos vamos pa Alicante y que les den a las cajas”, paramos en una gasolinera, preguntamos a una de las dependientas y ésta nos confirmó que, efectivamente y por obra y gracia de nuestro ángel de la guarda, nos encontrábamos en la mismísima Avenida de las Flores y aprovecho la coyuntura para decirle a nuestro Ángel de la Guarda, si nos está escuchando, que ya era hora que diera señales de vida el muy mamón, tol día enganchado al Saintter (una especie de Twitter celestial, que tiene no sé cuántos followers) y se pasa las horas actualizando su perfil en MyHeaven, donde puedes escuchar lo último en cantos gregorianos, de ahí que reciba más visitas que el mismísmo Mefistófeles, que es toda una estrella de la blogosfera divina.
Salir de aquel pueblo kafkiano nos costó un suspiro, afortunadamente, y a la hora acordada estábamos haciendo las pruebas de nivel, no sin antes tener que preguntar cómo se llegaba a la Avenida de las Margaritas una vez llegamos a Alicante. Terminamos las pruebas, salimos para Valencia y llegamos a eso de las tres, decididos a gastarnos los titos en una comida que me dejó con toda mi sangre en las afueras de mi hígado preguntando al páncreas que cómo se llegaba al estómago porque después de girar la tercera arteria a la derecha se había extraviado.
Hale, aquí termino, no sin antes lanzar una advertencia: no sus fiéis de Google Maps. Yo ya me he pasado a la Guía Michelin.








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