Nunca llueve a gusto de todos (Actualizado)
Estos últimos días (y más aún en las últimas horas) he podido comprobar de primera mano los terribles efectos de la Ley de Murphy y lo puñetera que puede llegar a ser. Si algo puede salir mal, saldrá. Si puede llover en el momento que peor te viene, lloverá, no lo dudes.
Ayer salí de casa, tralalá, tralalá, con mi bici, un sol marca Sáhara de tres pares de beduinos y un mal humor de la hostia (nada de lo que acabo de decir tiene relación entre sí, solo ha sido una constatación). Voy para la estación, cojo el tren, bajo, sudores mediante llego a la empresa, doy mis clases, me vuelvo para la estación y brummm, primer chubasco. Vale, le pasa a cualquiera. Subo al tren y para la lluvia. Próxima estación: Valencia Norte, bajo, salgo a la calle y ploc-ploc-ploc, vuelve a llover. Pero nada de gotitas así tipo qué chispear más gracioso a la par que bobo, no, goterones de los que exterminan los gorriones municipales (con lo que tienes dos problemas, evitar mojarte y esquivar los cadáveres de los pajaritos). Llego a casa hecho una sopa de cocido (léase: empapado y sudado a partes y iguales o alternas, además de recocido y oliendo a tocino ibérico). Guardo la bici como puedo (arf, arf, arf, quién me mandaría a mí comprarme una bici tan enooorme) y para de llover. A continuación, papeo rápido, microsiesta, y me pongo al ordenador (un par de ejercicios por hacer, que si el uso de las preposiciones, que si el imperfecto de subjuntivo en oraciones condicionales, ya sabéis, lo de siempre), cojo la bici y vuelvo a salir: sol de Gobi, temperatura de julio y sus correspondientes sudores de la muerte, olor a tocino y ahogos provocados por el Lucky Strike Light. Llego, doy mi clase (estructura de las fábulas, divertidísima), voy a Mercadona, que tenía que agenciarme con un par de bandejitas para la cena (muy buenas, oiga), pago, cojo la bici y, como no podía ser de otra manera, otro chaparrón. Esta vez, los gorriones y estorninos capitalinos, que están más resabiados que José Luis Uribarri, se habían refugiado bajo las ramas de los eucaliptos de la Gran Vía y estaban entonando todos juntos una Salve Rociera para que no granizara. Volviendo a mi desgracia, trágica ande las haiga, a mediodía me habían estado molestando las lentillas y andaba yo con mis gafas marca La Cabra. Imaginarse la juerga que es ir por el centro de Valencia en bici, que de normal ya es más arriesgado que hacer puenting con una cuerda de pita, esquivando coches bajo la lluvia y sin ver un carajo porque tenía más agua en los cristales de las gafas que los catalanes en cualquiera de sus embalses. La otra alternativa era quitármelas y andar con todas mis dioptrías, con un autobús de la EMT a mi derecha y la versión masculina de una poligonera del extrarradio, con todos sus oros, a la izquierda, conduciendo una peligrosísima máquina de matar marca Opel al ritmo del último chumbi-chumbi. Con dos cojones. ¿Qué ha ocurrido cuando he llegado? Adivina adivinanza. Sí, sí, exactamente, la lluvia ha parado.
Y es que cuando uno tiene una vida tan poco emocionante como la mía, cualquier llovizna es motivo de fiesta, celebración y post. Oye, qué de desgracias las mías.
PD: Ahora entrarán los valencianistas más tradicionales, los de Marededéu y “mira que Ciudad de las Ciencias más maja que tenemos” diciéndome que qué poco conocimiento, que hablo sin saber, que putos catalanes y puto Ebro, que no fume y que las poligoneras de extrarradio no son muy de Opel sino más bien de SEAT Ibiza; como si lo viera. Que dios los bendiga a todos. Gracias. De nada.
ACTUALIZACIÓN
Son las 20.38 del jueves, 5 de junio. Acabo de llegar a casa y, obviamente, me ha pillado el chaparrón cuando he terminado de dar mi clase y he salido con la bici. Lo que no sé es por qué no me ha dado por pensar que lo más conveniente sería usar los autobuses públicos, por lo menos durante una temporadita. Pero claro, todos los días pienso que si me vuelve a pillar ya es cosa de una conjunción Omicron Persei VIII con Saturno en la equidistante alfa. O eso, o que me han echado un mal de ojo, a la vista del orzuelo que tengo.
Y como testimonio, allá van las fotos de mis gafas:








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