Análisis de los personajes: los increíbles
Maneras de analizar una novela, hay montones y montones y es difícil abarcarlas todas, por mucha filología que uno haya estudiado. Además, cuando estoy leyendo, pocas veces me paro a pensar en que si tal personaje es bueno o tal otro es un bodrio. Sólo cuando he terminado de leer saco mis conclusiones y con esa valoración me quedo, a no ser que haya leído alguna reseña que me dé pistas y durante la lectura me vaya fijando en tal efecto o en tal otro.
No soy un experto en crítica literaria, ni mucho menos. Lo mío es la experiencia de lo que he leído, intuición y lo poco que estudié en la facultad, que sirve, pero no tanto: sólo tuve una asignatura anual de teoría de la literatura y se remontaban al pleistoceno, concretamente, a Aristóteles. También estudié análisis de textos narrativos, pero se conoce que la profesora era una fan de Derrida y nos dio por culo con la Deconstrucción, que, por cierto, me la pela (supongo que por la insistencia de esta tipa).
Todo esto lo cuento porque como vamos a leer juntos Entre limones, había pensado yo en explicar mis métodos de análisis que seguro que son muy sui generis y de andar por casa, pero puede que a alguien le sirvan. Conste que ya he explicado antes que ni soy crítico, ni tengo la debida formación, ni me considero un experto. Además, cualquier persona que lee novelas habitualmente puede tener los mismos criterios que yo (u otros, da igual, pero criterios al fin y al cabo) por pura experiencia lectora y sin necesidad de leer a Derrida o tener un título de filología. Admito que llevo una estampita de Saussure en el billetero, en vez de la Virgen de la Patarrastra, y, en consecuencia, se admiten insultos y desprecios varios.
Los personajes increíbles
Una de las cosas que se mira con atención en las novelas (y en las películas y en las obras de teatro y hasta en los videojuegos), es cómo están hechos los personajes, cuántos hay, qué funciones tienen dentro de la trama (si son el que ayuda al protagonista, el que le indica el camino, el malo malísimo) y, muy importante, si son creíbles. Lo de la credibilidad de los personajes puede dar para mil y una discusiones, pero mi criterio es que si lo que hace y dice un personaje es posible (por la situación, su personalidad o su estado de ánimo), si no me quedo sin saber por qué hace y dice lo que acaba de hacer y decir ese personaje, entonces es creíble. Si en una novela aparece un taxista que escucha la COPE y es del Atlétic, está bien, aunque también puede ser un taxista que escucha la SER y es colecciona huevos de Fabergé en un mundo en el que los taxistas escuchan la SER y coleccionan huevos de Fabergé, que puede ser Omicron Persei VIII, mismamente. Pero el narrador tendría que explicarnos muy bien por qué en Omicron Persei VIII, todos los taxistas escuchan la SER y coleccionan huevos de Fabergé.
La pregunta es: ¿te crees lo que dice el personaje y cómo actúa?
Si pienso en un personaje increíble, hoy, martes, el primero que me viene a la mente es Grissom, el de CSI Las Vegas. ¿Qué tiene de raro? Que es un reputado Sherlock, además de entomólogo, y, para más inri, siempre tiene la cita adecuada para los momentos más peliagudos, da igual que sea un versículo olvidado de la Carta de San Pablo a los Corintios, que una reflexión picante de Hegel, que un diálogo de los Hermanos Marx. Siempre, oiga, hay que ver qué cultura la de este tipo. Vale que sepa de bichos lo que no está escrito (al fin y al cabo, cuando llega a la escena del crimen, tiene que saberse la lista de los gusanitos que pueblan los cadáveres a este lado del universo), vale que sea muy avispado y descubra al asesino más inteligente (para eso es el jefe), pero de ahí a que haya memorizado las obras completas de Freud, el Cantar de los Cantares con sus versículos y sus referencias cruzadas con el libro de Habacuc y los guiones de las películas de medio Hollywood, va un mundo. Que sí, que ya sabemos que no tiene amigos y que es un marisabidillo porque se pasa la noche de los sábados contemplando su colección de escarabajos peloteros del Alto Egipto. Hasta ahí, vale. ¿Pero tanto? ¡Qué pozo de sabiduría, tú!
No es el único en su equipo, hay que ver cómo saben estos del CSI: de química, de física y de psicología, por no hablar de programas informáticos (a mí, que el Illustrator me parece un programa mezcla de filosofía zen, física cuántica y alquimia religiosa). Y hablando de informática, ¿alguien se ha dado cuenta de que en Estados Unidos no existen los ratones? Los de las computadoras, quicir. ¿No os habéis fijado en que cuando sale alguien frente a la pantalla del ordenador y quieren ampliar una foto (que ya me gustaría a mí saber qué cámaras usan, la de gigapíxeles que tendrán), tienen que teclear los comandos a mano porque los programas no tienen menús? ¿Qué le dirán al programa? ¿“Amplíame, por favor, la esquina inferior izquierda un 200%”? ¿“Me busque las coincidencias de esta huella dactilar. Gracias”? ¿“HOYGAN NESECITO KE ME BUSQUES LA FIXA DEL SOSPECHOSO URJENTE GRACIAS DE NADA KE DIOS LOS BENDIGA”? Hombrepordió.
Y lo que más me fastidia de todo es que se informen los unos a los otros de las quisicosas de sus respectivos oficios. Es lo que yo llamo “el síndrome del opositor”. Situémonos. Sara Sidle, la chica, necesita urgentemente (LE URJE) que Al Robbins, el forense, le dé el informe de la última autopsia. Llega al mortuorio ese de un azul intenso que tienen y le pregunta “¿qué tenemos?“ a lo que el forense responde: ”fíjate en estas marcas de aquí”. La chica, que rememora la lectura de su examen ante el tribunal que le dio la plaza de interina en Denver, primero, y de funcionaria en El Paso, después (aunque luego le dieron una comisión de servicios a Las Vegas porque se llevaba fatal con sus compañeras de oficina en El Paso y no le reservaban un sitio en la cantina), tiene que explicar al forense, atención, lo que ella ve que, curiosamente coincide con lo que Al Robbins ha concluido: “Jatetú, que rictus más majo, oye, y qué marcas de presión, eso será que la asfixiaron con un almohadón de plumas después de violalla y cortalla a rodajitas.” Entonces me pregunto, ¿para qué coño necesitan un forense? Joder, con esta chica van que se matan y encima ahorran gastos. Conclusión: el de recursos humanos del CSI Las Vegas es un memo.
Otro ejemplo del “síndrome del opositor”. Nick Stockes llega a la escena del crimen, donde está Catherine Willows mirando con las linternas (lo que gastarán estos en pilas, señor) y acuden los dos ande está el charco de sangre. Se ponen en cuclillas y dicen:
Catherine: Fíjate en estas manchas de sangre.
Nick: Sí, sí, están longitudinalmente paralelas al cadáver y muestran unas curiosas marcas a una velocidad aproximada de unos 35 km/h, lo que indica, a las claras, que se trata de un apuñalamiento con forcejeo mientras sonaba el disco con los grandes éxitos de Carmen Miranda.
Catherine: ¿Y has visto estas gotas junto a ese cuchillo ensangrentado?
Nick: Obviamente se trata de una herida post mortem con un arma punzante, probablemente un cuchillo afilado, que debe estar por aquí, que, al caer, dejó ese rastro de goticas de sangre que van desde el cadáver hasta el susodicho cuchillo. ¡Ah! Y la víctima tenía lupus.
Catherine: Oiii, jatetú.
Obviamente, Catherine es el tribunal y Nick el opositor (que no sé si tiene la plaza fija o no, pero sospecho que por sus cambios de peinado constantes debe de estar también de comisión de servicios). Yo me pregunto, ¿no sería más creíble que Nick sólo dijera un “ajá”, o un “qué interesante” en vez de explicarle a Catherine algo que ésta, obviamente, ya sabe? Es como en el Código Da Vinci, que cada dos por tres el investigador le explica a la conservadora del Louvre los entresijos de las obras de Leonardo pasándose por el forro que si la chica es conservadora del Louvre, algo sabrá, digo yo. (No recuerdo si era conservadora del Louvre, pero vamos, da igual.)
Conclusión: estos diálogos y estas situaciones son absolutamente increíbles. No es lo único, claro, hay más incredibilidades (como que casi siempre se llevan bien, que ninguno de ellos coge una rabieta y demás). Cuando un personaje dice algo que el otro ya sabe y no aporta ningún tipo de información nueva al acto comunicativo (que se diría en bonito, vulgo: si dicen lo que ellos ya saben pero tienen que explicarlo para que los espectadores o lectores nos enteremos de por dónde van), mal asunto.
CONTINUARÁ.
(Que se está haciendo muy plasta)








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