Marian Keyes y el second-wave feminism
Ahora que voy y vengo a trabajar en el cercanías, me paso una hora en total y como soy de rápido aburrimiento, leo a horas desacostumbradas libros que hace un año ni me habría atrevido -por cierto, hoy he tenido que explicar a mis alumnos de español avanzado la diferencia entre arriesgarse y atreverse y ha sido un infierno-. A veces hago los mil y un malabarismos para que no se vea la portada -rosa chicle o verde manzana, por ejemplo, con una ilustración horrorosa y el título en letras bien gordas- y no tener la sensación de que los que leen a Frisch -sí, hoy he visto a uno-, a Dostoyevsky -Crimen y castigo hace furor entre la gente joven, y en la Universidad de Valencia no hay eslavas- o a Simone de Beauvoir -supongo que al ritmo de los programas de remember de mayo del 68- no se rían de mí y me señalen y me tiren de las coletas o, en su defecto, de otro sitio que ya me está doliendo sólo de pensarlo. Así que procedo a ponerme un cuadro negro en los ojos y a confesar: estoy devorando a Marian Keyes. Sus novelas, se entiende.
Hace más de un año que una amiga me prestó uno y no me gustó especialmente. Pero el otro día, por casualidad, cogí otro, me lo leí y me saltaban las lágrimas. Después fui a comprarme otro y otro y otro y aquí estoy, confesando públicamente que me los leo tan ricamente y ni se me caen los ojos, ni se me ha reducido el CI, ni la Generalitat me ha dado una pensión de discapacidad por leer estas novelas. El caso es que me puse a buscar información sobre la autora y me encuentro con que, como literatura chick lit -de chicas- que es, was defined as a type of post-feminist or second-wave feminism that went beyond female-as-victim to include fiction that covered the breadth of female experiences (Wikipedia), para pasmo mío mismamente. O sea, que las novelas con protagonistas de caderas anchas cuyo único objetivo es emborracharse y tener novio es second-wave feminism. Ya la hemos liado. Igual es que no entiendo la frase o tengo yo un lío con el conceTTo feminismo, que es posible. A no ser, claro, que esta frase no se aplique especialmente a las novelas de Keyes. Así que como la Wikipedia hay que contrastarla, me voy a un artículo de Feminist Media Studies que he encontrado en la red que dice que chick lit heroines are much more likely than their romantic forebears to be presented as financially independent, working outside the home, and sexually assertive y que They value autonomy and bodily integrity and the freedom to make individual choices, ergo, según ellos, se trata de literatura feminista.
Ahora pregunto yo al personal, a quien quiera confesar que ha leído chick-lit -y podemos ponernos a discutir la etiqueta de los cojones, que tiene mandanga-, si alguien cree que, efectivamente, estas novelas tiene algo de feminismo. O si os gustan. O si os parecen divertidas. O si esperáis a que no haya mucha gente para sacar la mano del bolsillo y coger el libro de la estantería, ir a escondidas a la caja y no pagar con tarjeta, sino con efectivo, como yo.
First-wave feminism refers to a period of feminist activity during the nineteenth and early twentieth century in the United Kingdom and the United States. It focused on de jure (officially mandated) inequalities, primarily on gaining women’s suffrage (the right to vote). The term first wave was coined retroactively in the 1970s. The women’s movement then, focusing as much on fighting de facto (unofficial) inequalities as de jure ones, acknowledged its foremothers by calling itself second-wave feminism.
Third-wave theory usually encompasses queer theory, transgender politics and a rejection of the gender binary, anti-racism and women-of-color consciousness, womanism, post-colonial theory, critical theory, transnationalism, ecofeminism, libertarian feminism, and new feminist theory. Also considered part of the third wave is sex-positivity, a celebration of sexuality as a positive aspect of life, with broader definitions of what sex means and what oppression and empowerment may mean in the context of sex. For example, many third-wave feminists have reconsidered oppositions to pornography and sex work of the second wave and challenge existing beliefs that participants in pornography and sex work can not be empowered.








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