El 23 de abril y las ventas de libros
Ayer dijeron en la televisión que el 23 de abril se gana el 10% del total anual, ya hay que ser borregos, como si las madres recibieran una décima parte de la tasa de mimos asignada el día de la maaama. ¿Será verdad? También dijeron que cada español lee nueve libros al año, ¡nueve!, que digo yo que ya es mucho leer -o poco leer, según el contexto-, además de que el conceto es ambiguo, porque no es lo mismo leer un tratado de filosofía postsoviética en Transcaucasia Occidental, que uno sobre el cultivo de los tulipanes gibosos de tallo ancho, que una novela de Ken Follet. Pero ya sabemos que, según las estadísticas, cada ser humano tiene una teta -gorda-, media figa y media pilila, aproximadamente y seguro que, si nos ponemos, salimos a 4,98 dedos en cada mano.
Cambio de tercio: creo que ya lo dije, pero a Terenci Moix hay que leerlo una vez al año, tendría que ser de lectura obligatoria, como la visita al dentista, al ginecólogo y la boda coñazo de ese amigo de facultad que nos apetece igual que taladranos un ojo con una Mont Blanc sin tapa. Acabo de releer Chulas y famosas, que es de los pocos libros con los que me descojono -no es que sonría, es que me río de verdad-, aunque tenga que leerlo a escondidas porque tiene las tapas más horrorosas a esta parte de los Pirineos, como las novelas de Marian Keyes, que aunque los leyera, jamás lo sacaría en el tren… y no me preguntéis porque lo negaré todo.
Allá va un apenas de la novela en forma de menú degustación:
A punto estaba de cruzar el semáforo [de la Gran Vía] cuando me acosó un crío de unos doce añitos que pedía para lo más insólito: una jeringuilla. Considerando que esto es muy de drogadictos precoces, le di tres valiums y un orfidal, convencida de que mezclándolos con un buen coñac le harían el mismo efecto sin arriesgarse a salir pregonando en los medios como un caso social. […] Ya he dicho, y siempre lo diré, que las meditaciones me vienen en tropel, pero aun así no me apartaron de la cuestión básica; es decir, el angelito pedigüeño que no tenía para comprarse una jeringuilla. E ipso facto y al unísono comprendí que cuando una criatura de doce años quiere pincharse es porque le faltan otras cosas, como el pan sin ir más lejos, y todas las millonarias debemos contribuir a que los pobres y pobras vean atendidas sus necesidades, de manera que si no tienen pan, pues que se pinchen. Y, además, que mientras se pinchan no protestan, que es muy desagradable ver a pobres y pobras quejicas, no como en la India, que son pobres felices porque ven circular a una vaca y ya entran en el Nirvana.








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