Preguntas inoportunas
Hoy no he podido leer el periódico, pero me he tenido que tomar un chupito de anticongelante sin plomo después de oír a Jiménez Losantos que decía que los terroristas de Al-Qaeda eran bienvenidos en la Catalogne de Carod Rovira, Satán redivivo si me pongo más pedante que de costumbre. No ha terminado ahí el asunto; he tenido que desconectar, sin embargo, porque de los espumarajos estaba poniéndolo todo perdido y no resulta muy vistoso dar una clase de oraciones de relativo con las flemas colgando. Y ahora que recuerdo, os cuento que el otro día tosí y estornudé a un tiempo y me salió un moco tipo blandiblú a la velocidad del rayo. En mitad de la clase. No os explico cómo pude resolver el asunto, porque sería entrar en terrenos escarpados.
Humores al margen, oiga, esto de dar clase a guiris, con moco o sin él, es un divertirse y no parar, un entender la mismidad castellana y un romperse los cuernos para escapar airoso de las preguntas comprometidas. Porque anda que no me salen los enanos en forma de cuestiones inoportunas.
CASO 1
No entiendo por qué la frase “no sé qué hacer” es una interrogativa indirecta. Es obvio que doy una información.
Y se quedan tan panchos. Con más razón que un santo, claro, porque, al fin y al cabo, se trata de una oración enunciativa en la que estoy informando que no tengo ni puta idea de cuál va a ser mi siguiente acción. Respuesta: “son dos frases en una, la primera es una enunciativa, la segunda una subordinada con sentido interrogativo. Además, no lleva los signos de interrogación y si quito la primera puedo hacer una pregunta.” En realidad, mi explicación fue mucho más extensa, claro. Después de muchas vueltas, el estudiante que planteó la cuestión se quedó más o menos satisfecho. Y suspiré. Era la primera vez que debatía en clase sobre las interrogativas indirectas.
CASO 2
¿Cómo sé cuándo alguien se va a ofender si le hablo de “usted”?
Pues no lo sé. Ofender, ofender, no, pero cuando se dirigen a mí de “usted” o con un “oiga”, me toca las pelotas. Entonces va la explicación de que si me hablan así es porque parezco un señor mayor. También depende de quién me lo diga. Si es una ancianita, vale, si es alguien del que sospecho que es de mi edad, obsesión al canto: “¿será la camisa? ¿Serán las canas en la barba? ¿Será la cara de merluzo que llevo?“ Yo siempre explico en clase que, como norma general, usamos “tú” y en situaciones concretas, el “usted”. Muy mal hecho, pensarán algunos, estaré contribuyendo a la falta de urbanidad. Puede. Pero no me digáis que un “usted” a destiempo no te jode el día. Y ahora intenta convencer con estos argumentos a los alemanes, que se ustean los unos a los otros en cuanto cumplen los quince años. No hay manera.
CASO 3
Señor profesor, señor profesor, ¿cómo es que si le pregunto a un español si una frase está mal no me puede decir por qué?
Pues porque por muy bien que hablemos el castellano, no tenemos por qué saber el funcionamiento de, pongamos, el imperfecto de subjuntivo. Todo lo hacemos de oído, como tú –táchese lo que no proceda– cuando declinas en dativo / cuando cierras la e a cal y canto / cuando usas “at” y no “in”. Confieso que este tema no es nuevo y que vuelve a salir una y otra vez durante mis enecientos cursos de español. Siempre, no falla. Sobre todo cuando les entra la crisis con los pasados –y es que si no a todos, a casi todos les entran las ganas de cortarse la yugular cuando llega el pretérito imperfecto–. ¿Cómo es posible que muchos españoles ni hayan caído en la cuenta de que tienen dos pasados? Pues porque desde el colegio que no hablamos del tema y cuando nos hacemos mayores preferimos discutir sobre política, sobre el último fichaje del Real Madrid o sobre quién de los dos o de los tres se pone arriba para mover el culo.
–oo0oo–
Y más preguntas que ahora no recuerdo. Siempre hay alguien que te sale por peteneras. No falla. Y nunca te las esperas. A todos los profesores, maestros, educadores y tutores del mundo les ocurre. Las preguntas inoportunas acechan a la vuelta de un análisis morfológico. ¡Yuyu!








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