Una mañana en el rastro
Ferrán Calvet firma hoy una columna muy divertida en PÚBLICO, el diario de todos pero más del PSOE que del resto, que me recuerda a aquello de que los programadores de Telecinco son amabilísimos porque se trata del único canal de publicidad donde emiten trozos de películas entre bloques de anuncios y publicidades varias.
Y confieso que leo este diario porque es baratito y me da la cantidad de texto suficiente para entretenerme mientras viajo en cercanías, oiga, que en la Estación del Norte de Valencia sólo dan el Metro, que me parece un asco. Las primeras páginas siempre son un panfleto pro PSOE donde lo único importante son las cagadas del PP, que si Espe arriba, que si Gallardón abajo, que si el cadáver de Rajoy por aquí, que si los neoconservadores por allá. Y hablando de neoconservadores, Sihaya me preguntó anoche y muy bien preguntado porqué lo de “neo-” si son los mismos conservadores de toda la vida. Puestos a poner prefijos, yo soy más de neorrealismo ibérico, del que, por cierto, pude disfrutar el domingo por la mañana: me fui de excursión al rastro, para padecer más que otra cosa, porque até la bicicleta y pasé más miedo que oyendo la COPE. Y es que una vez, tiempo hace ya de esto, le robaron la bici a D. en pleno centro de Valencia un sábado por la noche, y allá que nos fuimos a buscarla al rastro a la mañana siguiente cuando, ¡oh sorpresa!, la encontramos a la venta, sin guardabarros y sin la cestita, pero en buen estado y con unos lloros por ver a su dueña que ni Rosa cuando ganó Operación Triunfo. Teniendo en cuenta los antecedentes, me pasé todo el rato con los sudores de la muerte y yendo de vez en cuando para comprobar que allí seguía mi bici.
El rastro de Valencia es una mezcla de vertedero y avenida de El Cairo en plena hora punta. Estaba petao de gente. Y lo que estaba a la venta, alucinante: desde complementos para el baño –como el cacharrín para el rollo de papel higiénico– hasta tuercas oxidadas, pasando por revistas porno –y yo me pregunto por qué el porno se recicla tanto, oye, que hay que ser muy vicioso para comprarse una revista con las hojas pegadas–, sin olvidarnos de las muñecas tuertas, los títulos de doctor en medicina, las sierras mecánicas o los artículos de coña como cintas de música piratas, baldosas o cargadores para el móvil. El premio gordo se lo llevó, sin embargo, un envase abierto de bronceador de cuando la UHF empezaba a emitir a las cinco de la tarde, con sus chorritones y todo. Lo único que me interesó de todo el rastro fue una calculadora mecánica por la que el vendedor me pedía 500 euros, mejor dicho, me lo “dejaba” en 500 euros, “una ganga”, asegurando que era “del siglo diecinueve, una pieza de coleccionista”. Del siglo diecinueve. No me aclaró si era de antes de la llegada de Colón a América o después. Así que, ante la duda, no la compré.
No sé cómo serán los rastros de otras ciudades españolas, si los hay, pero en el de aquí, si te llevas una cámara y haces un par de fotos estratégicas, seguro que ganas algún premio modernete y un poco alternativo, a modo de denuncia social. En Alemania están todos muy limpitos y en ningún momento dan la impresión de que estés contemplando montañas de basura, como en Valencia. Allá puedes encontrar a gente que vende sus bicicletas viejas a buen precio, calculadoras que funcionan, ropa aprovechable, libros… Vamos, que la diferencia es gorda. Si lo vieran los de CALLEJEROS, seguro que les daba para una temporada completa de reportajes.
Los deberes, ahora. ¿Habéis comprado algo en el rastro? ¿Son tan sórdidos los de las otras ciudades de nuestra España querida como el de Valencia? Y, sobre todo, ¿quién compra porno reciclado?








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