El hilo musical en los transportes públicos
Ya he superado (casi) todas las pruebas administrativas que van a determinar mi futuro profesional. Y entre idas y venidas he tenido que hablar con bastantes funcionarios, pero no de los de cuño y visera, sino de los que te regalan una sonrisa cuando, amablemente, les preguntas cuál es la mejor hora para hacer los trámites o a quién hay que preguntarle sobre la casilla 26 del formulario B31, fotocopia compulsada del pasaporte en mano. Sigo sorprendiéndome por la cantidad de gente amable que puedes encontrar en las oscuras y tenebrosas oficinas de nuestras tesorerías de España.
Ah, pero no todo el monte es orégano, que si lo fuera, Suiza habría dado a luz a la salsa boloñesa, tantos montes que tienen, que yo me pregunto si el deporte nacional de los suizos será tirarse cuesta abajo haciendo volteretas, como en los anuncios de Milka. Sospecho que no, porque ya lo habrían convertido en deporte olímpico. Pero como los suizos son un poco raros, prefieren los campeonatos de vela, para navegar en los anchos mares suizos. Volviendo a los hierbajos: hoy he venido de Puzol en autobús porque me daba una pereza tremenda volver en tren, que la estación está a tomar por saco de ande yo estaba y no iba con la bicicleta, así que como el autobús de la bruja tiene una parada cerquita cerquita, vamos, to recto unos doscientos metros de nada, allá que voy yo, bufanda en ristre, que es de bobos no abrigarse con el fresqui de los pueblos de la huerta, que te deja la chufa como un cacahuete. Me subo –deja la carpeta, abre la cartera, busca el monedero, intenta comprender lo que te está diciendo el conductor - cobrador (era algo así como “naurocantacinco”, “¿qué?“, ”naurocantacinco”), guárdate el billete, agarra la cartera–, busco asiento, me apalanco y suspiro. “Prueba superada”. Cierro los ojos de la emoción. “Sigue así, machote”, pienso, intentando mantenerme sentado y no dejarme los piños en el respaldo de delante, porque el autobús se balanceaba cual búfalo mecánico.
¿Quién me iba–deciiir?
Tiroriroriro riroriro rirorirorí.
¿Quién me iba-decir?
El conductor debía de sufrir algún tipo de sordera a la vista –o al oído– del volumen del arradio. Y érase que se era un conductor aficionado a la Cadena Dial. No a Radio Clásica o a Radio Humor o a Radio Noticias. Claro, que podía haber sido peor y resultar un incondicional del reguetón chimpón, en cuyo caso puedo afirmar que yo habría llegado a la capital del Turia con las venas de las muñecas destrozadas de intentar cortármelas con la portada del libro de gramática comunicativa que llevaba en la mano. En ésas que sube una señora de las de mechas, traje de chaqueta y collares que ni Carmen Polo, anestesiando al personal con Nº5. Ya creía yo que me había subido al Expreso al Infierno con parada en todas las estaciones.
Daddy, Daddy Cool.
She’s crazy like a fool.
What about it, Daddy Cool?
I’m crazy like a fool.
What about it, Daddy Cool?
Daddy, Daddy Cool.
Pasamos a Boney-M y sus grandes éxitos. Al punto, desconecto, me pongo en modo reposo y hete aquí que me quedo profundamente dormido. Profundamente. Hasta que me han despertado con Shakira, después con una canción de un anuncio de tampones y me han desvelado con un pupurri de David Civera.
Otro episodio de canturreos, obsesivo que soy. Puedo concentrarme y leer tan ricamente en un tren con todo el ruido del mundo. Pero falta que suene una música para que me ponga del hígado y no pueda continuar una línea. Pues más de una vez y más de dos, gracias a los móviles modernísimos que llevan el equipo de música incorporado, he podido disfrutar de los gustos y preferencias de los viajeros, que ahora la muchachada y la viejada han adquirido la sana costumbre de grabarse música en sus teléfonos y, a falta de auriculares, buenos son altavoces, así que nos hacen disfrutar de lo más selecto del panorama musical de aquí y de allá a decibelios pelaos.
Igual es que yo me estoy haciendo mayor y valoro cada día más la paz y la tranquilidad. Igual es que soy un agrio. Igual, un carca, ¿yo qué sé? Pero me molesta tragarme la música de los demás. Y si me dijeras que unos auriculares pueden costar trescientos euros y no están al alcance de cualquiera, lo entendería. Pero hasta los móviles vienen con auriculares de regalo. En Alemania es imposible oír música en un autobús o en un tren, aunque sea pa ti pa dentro mismamente y nadie lo oiga, porque te multan. Y tan ricamente que va todo el mundo. Vale, es una exageración. Yo me conformaba con un poquito de sentido común.
Pienso que a nadie de los que pasáis por aquí se os ocurriría llevar la música a toda hostia en un autobús. ¿O me equivoco? No, seguro que no.








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