Discusiones bizantinas
Acabo de terminar un libro sobre la historia del Imperio Bizantino y me ha costado echar los higadillos recordar a los ciento y un Teodosios, Constantinos, Alejos y Romanos: he ahí la razón por la que ahora prefiero algo así de poco pensar, poco recordar nombres o dinastías y poco implicarse activamente en la lectura. Así que por aclamación popular voy a empezarme Misery, de Stephen King, para ver si me desempalago un poco. Y a propósito de lo que hablaba antes sobre Bizancio, he aprendido una lección importantísima: cuando tenga a huevos ser emperador, me lo pensaré dos veces y tres y cuatro y las que hagan falta, porque hay que ver la afición que tenía esta gente por cegar y mutilar a diestro y siniestro a sus antiguos gobernantes. No he llevado la cuenta, pero vamos, a ojo, un 40% de estos tíos terminaron ciegos y en un convento para dedicarse a la vida contemplativa y olé la paradoja que me acaba de salir, más chula ella, más del campo léxico de ver y observar, de lo más distinguido e ingenioso, un portento de calambur. A lo que iba, que ser emperador bizantino tenía más peligro que un consultorio sentimental en el Nuevo Vale.
Ya lo sé, exclamaréis estupefactos y con razón que qué cosa más profunda y más de afectarnos a nuestras vidas de mileuristas modernos y de mundo lo de los emperadores bizantinos, pero es que me he quedado completamente pillado con el asunto.

No leo habitualmente libros de historia porque suelen ser bastante áridos y me desespera tragarme cuarenta páginas sobre las técnicas de la alfarería celta, los entresijos de la Cámara de Comercio de Venecia en sus épocas mozas o sobre la influencia de los gravámenes del mijo en la sociedad de la República de Weimar y la consiguiente creación del Partido Liberal de Pomerania. Así que cuando encuentro uno que es fácil de leer, interesante y, además, hecho para personas con poca formación en historia del mundo como yo, se agradece. Además, me niego a la cultureta ésta sobre los templarios, los cálices, las conspiraciones papales para conseguir la receta medieval de la eterna juventud vía colágeno marino o los códigos secretos en las pinturas de Van Eyck. Porque con la Biblia ya tengo la dosis de mitología religiosa y aventuras varias como para ponerme a leer ahora que si María Magdalena tuvo un hijo o dos o los que fueran fruto del retoce con San Cristo. Porque a mí, lo de que una virgen se quedara preñada fruto de una conversación con una palomita, me deja patidifuso, que para patiabiertas ya tenemos a nuestra madre santísima. O lo de los israelitas cruzando el mar, o lo del otro ángel, menos conocido, que se le apareció a la mujer de Manóaj y le dijo que iba a concebir siendo estéril. Ésta, ni corta ni perezosa, le fue con el cuento a su marido, éste se lo tragó de cabo a rabo y se puso a gritar aquello del hosana jey, muy socorrido en aquellos tiempos: ¿que viene un ángel? ¡Hosana! ¿Que un pajarito ha dejado preñá a mi mujer? ¡Hosana! ¿Que han matao a uno clavándolo a una estaca? ¡Hosana!
![]()
El problema es que hoy, en pleno siglo veintiuno, todavía hay gente que se cree a pies juntillas éstas y otras historias y las defienden a capa y espada como verdad absoluta. Y no me digáis que no, porque sé de una mujer de mi edad, licenciada en derecho para más señas, con la que ya puedes argumentar lo que quieras, que te dice con todo su aplomo que la historia de Eva, la muy puñetera, es tan cierto como que te puedes quedar preñada si tu novio se corre sobre tu vientre, que no en tu vientre. No digo que todo el mundo tenga que estar al tanto de lo último en estudios sobre la materia oscura y los agujeros negros, pero la incultura de andar por casa es ciencia-ficción para mí. ¿Es necesaria la religión para nuestra salud mental? No lo dudo. ¿Está bien lo de plantearse qué hay en el más allá? Vale. Pero, ¿de qué sirve si no sabemos lo que ocurre en el más acá, eing?
En fin, que estaba espeso y me he hecho un lío.








9 comentarios