La ejecución de Frances Newton
El sábado por la noche vi un reportaje espeluznante en La 2 sobre la ejecución de Frances Newton en Texas, el 14 de septiembre de 2005. El programa constaba de tres partes, ordenadas cronológicamente: una entrevista a la condenada, unos días antes de la ejecución, entrevistas varias –a un antiguo capellán, a un profesor de derecho, al fiscal del caso– y el relato del proceso de ejecución mediante inyección por parte del alcaide de la prisión.
Al parecer, además de lo truculento de la ejecución por inyección –que fue relatada con toda la decencia posible, y mira que es raro–, yo no sabía que, por sistema, en algunos estados se mantiene a la persona condenada en vilo literalmente hasta el último momento para confirmar que la ejecución va a llevarse a cabo. También me sorprende la pompa con la que se realiza todo el proceso, una especie de ceremonia horrenda donde cada paso compite con el siguiente para ver cuál demuestra mayor hipocresía: la última comida, las últimas palabras, el consejero espiritual, las salas de los testigos o las últimas voluntades. Y a todo esto, obviamente, con la conciencia bien tranquila porque «no se le niega ningún derecho al reo», una ejecución de lo más decente, vamos, no vayan a decirnos ahora que somos crueles.
No entraron en los posibles errores judiciales –se daban por supuestos, eso sí–, ni si la pena capital cuenta con el apoyo de la población –salieron imágenes de los cuatro gatos, cuatro, que había frente a la puerta de la prisión–, ni en cuestionar la legitimidad del proceso o lo inhumano de la inyección letal, que es igual de truculenta que la horca o la silla eléctrica, sólo que es menos desagradable para el que lo mira: nos ahorramos el olor a carne quemada o la evacuación del intestino, es más digno.
Y sigo preguntándome cómo es posible que haya gente a favor de la pena de muerte. Es terrorífico.








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