Cuentos de navidad
Todo el mundo se va de puente. ¡Hala! Irse, irse, no sea que quiten el campo pa siempre jamás o que deje de haber nieve o que quedes fatal en el curro el lunes que viene porque no te has ido a… En fin, espero que este ataque de envidia se me pase en las próximas horas, pero es que he empezado el día malamente y tengo ahora mismo una nube negra sobre mi cabeza producto, seguramente, de las cagaleras de anoche y las tres o cuatro neuronas de la vecina, que fijo que está ya con el azúcar por la estratosfera de tanto turrón.
Y hablando de turrones, ya estoy también de las navidades hasta el cogote, y eso que nuestro ayuntamiento, con la excusa del calentamiento global y el ahorro de energía ha anunciado a bombo y platillo que encendería los adornos luminosos unos días más tarde, que hay que tener morro para buscarse una excusa así para justificar que les ha pillado el toro. En fin, ¡vivan las navidades!, y como decía Verónica Forqué, «las navidades son para los niños, que para eso compramos angulas a cuatrocientos euros, nos arruinamos en lotería y nos emborrachamos… lo que sea para que los niños lo pasen bien».

Y que no aprendemos, oiga: las compras compulsivas, el pasárselo repipa en nochevieja porque toca y lo último de lo último ya es que nos anuncien en televisión un anuncio. No es suficiente con promocinar el detergente que lava más blanco, el banco menos traidor o una crema para parecer viejos sin arrugas, porque ya me contaréis a mí qué tiene de guay ponerse una crema y que los conductores se queden mirando a la del coche de al lado: «mira qué vieja más estirada, mira, hay que ver, con 50 años y sin arrugas», ¡pues vaya mierda de crema!, vamos, digo yo. Bueno, que se me va la mano, a lo que iba: ahora lo que mola es que una empresa de cava –el champán de toda la vida– ya pase de anunciarte la bebida y prefiera anunciarte el anuncio. «El anuncio de estas navidades, en uve doble uve doble uve doble porronet punto com, dirigido por Curri Von Kópula. No te lo pierdas o vendrá el espíritu del futuro y te mostrará cómo los pobres te saquearán la nevera y te dejarán sin langostinos».
Y luego viene la lotería, que ya es lo más navideño del mundo, porque no me negarás que los de la Lotería Nacional no velan por tu felicidad, para que todo sea paz e ilusión en tu familia. ¿No sería mejor, digo yo, que el Estado diera una paga a cada español en vez de dar trescientos millones a estos y cuatrocientos a aquellos? Muy repartidos, eso sí, muy repartidos entre veinte o treinta personas, una lluvia de millones originalísima. Pues no, en vez de exigir que nos dieran veinte mil pesetitas a cada uno –que a mí me harían mucha ilusión, vaya, eso sí serían unas navidades felices–, no, preferimos comprar lotería para que a otro le lluevan millones y para que un tercero pueda dar un paseo espacial, como el dueño de la famosérrima administración de lotería. Eso sí es ilusión navideña, concordia y felicidad familiar y lo demás, cuentos chinos.
¿Se me nota mucho que me he levantado con el pie izquierdo? No, ¿verdad? Seguro que he conseguido disimularlo muy bien. Hala, me voy a currar.








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