Para toda la vida
“Por trescientos euros más, me compro el modelo superior.” Habré dicho frases de este tipo en las últimas tres semanas, ni sé la de veces. ¿El motivo? Que estoy sin ordenador y me encuentro en un maremágnum de gigahercios, velocidades del procesador y pulgadas de pantallas, que ya podían haberlo pasado al sistema métrico para los pordioseros como yo que tienen problemas con la tabla del dos y medio. ¿De trece pulgadas con pantalla glossy y 2 gigas de ram o directamente uno de 20, pero con un giga? Y si se puede ampliar hasta un tera… ¿no se me quedará corto? Total, por trescientos euros más, me compro el superior… pero es que 1800, ¿no es demasiado para ser un portátil? Hasta que pienso que 1800 de los modernos euros son trescientas mil cucas de las de toda la vida.
Y aquí estoy, compuesto y sin ordenador. Gracias a la unidad cósmica que tengo buenos amigos que me prestan ordenadores como quien deja una novela de Stephen King y puedo usar un aparato hasta que tenga el mío, que, por cierto, tendrá un disco duro que no lo llenaré ni jarto de vino. Si termino comprándome ése, claro, porque ha desaparecido de la City of the Flowers, also known as Valencia del Cid, para los que no habléis lenguas raras.
En cualquier caso, lo del por un poquito más me compro no sé qué llega a tal punto que, sin obrar todavía el primer ingreso del curro en mi cuenta, me he llegado a plantear el meterme en semejante cantidad. Tengo una ventaja y es que soy muy cagao muy cagao muy cagao para comprarme algo que pase de cien euros. Tengo como una especie de programa de alertas, como un antivirus que hace que en cuanto algo pase de esa cifra, como en Windows: ¿está usted seguro de que quiere gastarse ese dinero? Sí. ¿Continuar? Sí. Inserte programa de cálculo de mensualidades. Insertado. ¿Continuar? Sí. ¿Seguro? Sí. Mira que luego ya no hay vuelta de hoja… Sí. Al último sí llego una de cada diez veces. Las otras nueve, pantallazo azul antes del segundo sí. Afortunadamente. Claro que todo esto no impide que salga a cenar cuando me salga del nabo –y me sale bastantes veces– y sin prejuicio entrar a la FNAC a cara descubierta. Como no pasa de los cien euros…
También ha pasado a la historia aquello de para toda la vida –si es que alguna vez alguien lo ha pensado al comprarse un ordenador–, porque los móviles tienen fecha de caducidad –100 horas de conversación, comprobado empíricamente–, la ropa se te queda hecha un trapo a los dos veranos –o la vemos como un trapo– y estamos dispuestos a actualizar la mitad de nuestros electrodomésticos en cuanto sale la siguiente versión del sistema NO FROST y las pantallas de plasma, junto con las cámaras de fotos, van que vuelan. ¿Quién no le ha quitado el precinto a un cedé que había comprado un año y medio antes? ¿Quién se compra una vajilla, un reloj o una mesa esperando que la hereden sus hijos? ¿Sólo les vamos a dejar las deudas hipotecarias? Es que hasta los coches, los cambiamos cada seis años, cuando no hace mucho un R5 daba para siete vueltas al mundo y alguna excursioncilla a la Luna con un poco de tesón y un par de reparaciones estratégicas. Y luego nos rasgamos las vestiduras con lo de llegar a fin de mes o porque este año vamos tan de culo que no hemos podido salir de la city para Halloween, cuando our parents no lo han hecho y ni se lo planteaban. Porque ya no celebramos todos los santos, sino Halloween. Hay que ver, qué castizos nos estamos volviendo. ¿Terminaremos llevando calabazas al cementerio? El tiempo lo dirá.
No voy ahora a ponerme a tirar piedras ni a cortarme los rizos de las sienes, porque para muchas cosas soy un manirroto y cada cual se gasta la pasta como le entra o como le sale –y además sería una hipocresía por mi parte–, pero he observado en mí mismo con mi mismidad intrínseca personal que la conciencia de ahorrar y el sentido de consumo responsable que tenía la generación que me precede se han desvanecido al mismo ritmo que se evapora el Mar de Aral, que es muy de evaporarse todo él. El dinero está pa gastal-lo. Sí. Vale. Pero es desagradable echar cuentas y ver lo que he despilfarrado al cabo del año en esto o en aquello, por necesidades que me han creado o que me he dejado crear, que pal caso es lo mismo.
He dicho.








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