Metedura de pata
Ayer tuve la oportunidad de cenar con T., una habitual de este blog y otros blogs vecinos. Por cierto, hoy, 29 de octubre, es su cumpleaños. También estuve con S., el chorvo de T., a quien también conocía de la última vez que estuvieron en la ciudad de las flores. Estuvimos bebiendo cerveza hasta muy tarde en un restaurante alemán del centro: T. se pidió una con sabor a cereza, que me parece una gorrinada pero a T. le encanta, S. pidió Späten, que está güena también y yo primero tomé una Hefe-Weizen –y es que no había Löwenbräu– y después una Chimay, belga, con la que además creo que se puede coger un pedete rapidín de los de risa floja sin excesiva complicación, aunque en mi caso es sólo una sospecha porque no llegué a pedalear. Pedimos Kartoffelsalat, una ensalada de verdad –quicir, una de color verde– y un repertorio de salchichas: una Bock, una de curry, una Thüringer y unas Braten. Vamos, que a la escena sólo faltaba la tetuda de gruesas trenzas sirviéndonos las jarras con el disfraz de la danza de la cosecha del heno mientras nosotros entonábamos los grandes éxitos de Udo Jürgens. No, el episodio fue escabroso, pero no tuvo que ver con el local o lo que ingerimos.

Estábamos ahí charrando que te charrarás sobre los entresijos editoriales de la ciencia-ficción española, lo que no es difícil, porque la conversación se limitó a los cuatro gatos y dos o tres chuchos que se dedican a esto. Que si tal revista está en las últimas, que si la otra no vale para nada, que si las portadas de las novelas de tal editorial son horrorosas, que si Fulano organizó una convención estupenda y Mengano le dijo de todo porque están a malas y demás quisicosas. Hasta que, no sé cómo, llegamos a hablar de Q., que parece que está metida en todos los ajos del sector, mantiene una página web bastante decente y lleva a los marcianos en la sangre. Al punto sobrevino el desastre. Yo, que ya andaba si no achispado, que no lo estaba, sí con la timidez por los tobillos, empecé a soltar sapos y culebras de Q., que si todas las reseñas que escribe están vacías de contenido, que sólo escribe frases tópicas, que todas las novelas le parecen exquisitas… vamos, me despaché a gusto. Ya había notado que a T. y a S. les había entrado una risilla que yo, en mi mismidad, había atribuido a la cerveza sabor cereza y a la Späten, respectivamente, cuando T. me confiesa:
“Q. es íntima amiga mía.”
Patinazo con todas las de la ley. Y como la tierra no me tragaba –no porque no le insistiera, venga a rezar “tierra, trágame; tierra, trágame”– y los demonios del infierno no acudieron en mi auxilio –porque a San Dios no tuve los cojones de pedirle que viniera a socorrerme–, decidí que había llegado el momento de afrontar el asunto con la mejor de mis caras, porque el entuerto no había quien lo desficiera. Ya no recuerdo lo que dije, pero terminé afirmando algo así como que yo no me metía con ella, pero que lo que escribía no me gustaba en absoluto, todo con el ánimo alevósico de disimular la enooorme cagada, claro.
Me consta que no se lo tomaron a mal y que Q. no tomará represalias, a pesar de que T., S., Q., y otra persona, que supongo que será la pareja o el parejo de Q., se van en comandita a una convención la semana que viene, hala, todos juntos, en un coche; vamos, que si mi cagada no sale a relucir, cosa que dudo, pondré a la Jorobadita por testiga de que a partir de ahora intentaré asegurarme de que no hay amistades íntimas entre los presentes cuando vaya a remontarme a los ancestros de alguien y su familia política.
Nota para los sarracenos presentes en la sala: la Jorobadita –del catalán meridional o valenciano “Cheperudeta”, jorobadita– es la Virgen de los Desamparados, la patrona de la ciudad de las flores, a la que siempre vemos acompañada de dos figuritas degolladas a sus pies, que hay que tener un estómago muy fuerte y una mente muy calenturienta para inventarse esas vírgenes gore, tan de Tarantino, todo sea dicho, y como la excelsa reina del cielo siempre los está mirando, vamos, que tiene el cabolo siempre pa bajo, parece que tenga joroba, de ahí que a nuestra patrona la llamen “la Jorobadita”, claro que yo también estaría bastante jorobadito si tuviera que llevar las 24 horas del día esa corona, que valdrá un potosí, pero debe de ser la hostia de incómoda, y si, además, tuviese que aguantar siempre la misma monserga de que si démonos la paz, que si santo, santo, santo, hosana en el cielo y que si los ángeles y los arcángeles vendrán para llevarse de la mano a los escogidos y, al resto, una patada en el culo y al puto infierno; yo ya me habría comido a los desamparados, a los angelitos y a medio San Vicente Ferrer, que es el de la tercera capilla a la izquierda, según se entra a la basílica, un santo de segunda fila.
Nada, que me he vuelto a ir por los cerros. Que metí la pata. Pero bien metida. Suerte que S. y T. son personas de bien.
Y ahora mismo convoco los PREMIOS NORMALIZADO 2007:
Premio a quien no haya metido la pata como yo.
Premio a la metedura de remo más espectacular.
Hala, a presentar candidaturas.








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