Urbanidad
Anoche me pillé a mí mismo diciendo en voz alta:
Joder, mañana tengo que levantarme a las once.
Después de la vergüenza, pensé: tampoco es para tanto, total, cada cual tiene sus horarios y se los administra como le sale de la entrepierna y sólo puedo decir lo de “alegría pa mi cuerpo”. Peor es andar robando por ahí, que dicen. Pero cuando uno ha estado levantándose a las siete durante años, poder quejarse de que las once es una hora indecente da cierto gustirrinín, intelectual, por supuesto. Al fin y al cabo, aquí estoy ahora, son las nueve y media y estoy preparado para la vida moderna, que no para la lluvia. Otro día sin bicicleta. Y van ni se sabe este mes. Tampoco va a haber mucha diferencia, desde que han cerrado el carril bici del cauce del río, me he jugado la vida de igual forma pero con la diferencia de que en vez de un atropello, corro el riesgo de que me den dos hostias porque a alguien le moleste que yo vaya pedaleando a cincuenta metros de distancia de un niño. Así que opto por alejarme lo más que puedo de las personas humanas –y de las no humanas– cuando voy en bici y prefiero ir por la calzada, que por lo menos sé lo que me juego: traumatismo múltiple, craneoencefálico en el peor de los casos, o lo que es lo mismo: dejarme el tuétano en la calzada.
No sé si habréis observado lo mismo que yo, pero el otoño se ha convertido en una época de riesgo para la vida y la convivencia humanas. Ayer mismo, sin ir más lejos, y según cuenta EL PAÍS, los peatones valencianos se sublevaron contra los agentes de la Policía Local en las calles Xàtiva y Guillén de Castro que son, para quien no conozca la ciudad de las flores, de lo peorcito en cuanto a tráfico y peligrosidad urbana. Vamos, que salir en pelotas a torear a Fernando Alonso en plena carrera tiene un menor índice de muertes que cruzar por un paso de cabras en el centro de Valencia. Como los acelerados caminantes estaban hasta los ovarios o hasta los cojones de esperar, cada cual según su especie, decidieron que ya estaba bien, amos, por Dios, ¡hasta ahí podíamos llegar!, y que ellos cruzaban vinieran o no vinieran coches, lo permitiera la autoridad o no, así que se pasaron los pitos de los agentes y las agentas por el arco del triunfo y se lanzaron en plancha a la calzada, que para eso pagan impuestos.
El domingo me vi obligado a decirle cierta dama que parecía recién salida de la peluquería –o no, no lo sé, porque hay que ver qué cosa más rara, ¿no os habéis dado cuenta de que las españolas se vuelven rubias a los cincuenta?, es un fenómeno que lleva de culo a los europeos, lo certifico–, bueno, pues eso, tuve que decirle a una dama, cuyo anciano cocker acababa de dejar en la acera de un barrio de campanillas un cagallón tremendo para el tamaño de su propietario: Señora, que se le olvida el cagallón, y la respetable y gorrina mujer –y me atrevería a decir que antes que mujer era “señora de”, que conozco bien la zona– me dijo con gran cabreo y mayor aplomo que el perro había tenido la deferencia de hacer sus necesidades sobre una bolsa que ya estaba sucia y que por eso no la había recogido. Me salió la pantalla azul de la muerte tras un este programa ha efectuado una operación no válida y se apagará y, a continuación, se me fundió la RAM interna. Se puso mi semáforo en verde y le di al pedal,… al de la bicicleta, se entiende.

Presiento que hoy me he levantado con un gran sentido de la urbanidad porque me estaban entrando ganas de contar, y de hecho lo voy a hacer, lo que presencié la última vez que fui al supermercado, ayer mismo, a comprar unos tomates y un fuet de urgencia. A todo esto debo confesar que lo de los tomates fue para darle en los morros a mi conciencia: ¿Ves, conciencia perversa? Mira que eres mala, sólo meriendo productos naturales y tradicionales, puritita dieta mediterránea, nada de bollería industrial ni cosas que engorden, sólo un fuet y unos tomates y para los que no sepáis esa perversión mía, declararé para mi vergüenza que soy capaz de zamparme un fuet de una sentada si dispongo de la cantidad de pan necesaria. Me estoy yendo por los cerros… ¡y qué cerros, oiga! Bueno, pues antes de entrar al supermercado, justo a dos metros de la puerta, se abre la idem, sale un hombre de unos cuarenta cargado con bolsas, toma fuerza, se prepara y suelta un escupitajo que hace cincuenta años habría dado para protagonista de una película de serie B y medio ejército invasor de las profundidades del espacio, tan grande, verde y espeso era. Juro que tuve que pegar un salto para que no me salpicara los zapatos.
A este fenómeno le pondría yo la etiqueta de síndrome preinvernal por analogía al postvacacional, y digo yo que todo esto será por el tiempo, que el otoño hace que crezcan vigorosos los champiñones de nuestros bosques y éstos, al introducirse en la cadena alimentaria / alimenticia, deben provocar algún tipo de incompatibilidad con el software Urbanidad 2.0 que llevamos de serie y de ahí el nerviosismo y la guarrería generales, producto, sin duda, de un conflicto en el subúfer que procesa los datos de nuestra ram antes de que lleguen a la partición correspondiente del disco duro. No le encuentro otra explicación. La urbanidad no deja de tener su cosa buena y me atrevo a decir, jatetú, que hasta es necesaria, a pesar de que a muchos les suene a cosa vieja y de conservadores, a mí incluido. Será cuestión de cambiar la palabreja urbanidad o buenos modales por respeto ciudadano o algo así, seguro que la gente le prestaba más atención. Incluso creo que ahorraríamos dinero y todo. ¿No?
PD: Este post, lo he escrito esta mañana y lo he publicado doce horas después, conste.
PPD: Mil perdones, en breve volveremos al ritmo normal y a pasearnos por los demás sitios de la comunidad. Enviado correo.








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