Las almorranas de Gabo
Estos días he estado desconectado porque, entre que he empezado a trabajar (arf, arf, arf) y que mi ordenador está en la UCI, mi cibervida se ha visto reducida a la consulta testimonial de mi correo electrónico, que la cosa lúdica comunicativa del email pierde toda la gracia si, de repente, tienes que usarlo para cuestiones laborales.
A otra cosa. Estaba yo echándole un ojo a la edición digital de EL MUNDO, supongo que para dejarme llevar por esa marea de creatividad de quien dicte la línea editorial del mismo, cuando he entrado en la sección CULTURA Y OCIO y me he encontrado con la siguiente noticia:
Gabriel García Márquez celebra las bodas de plata de su Nobel de Literatura.
A mí, plim. Yo me pregunto y quero que alguien me contieste: ¿por qué García Márquez es noticia incluso cuando no lo es? ¿Alguien sabría explicarme por qué hasta el hecho de que le operen de hemorroides a este señor puede llegar a las primeras páginas de las secciones de cultura? Ya me lo veo venir, Las hemorroides del Nobel o, mejor aún, El realismo mágico, con almorranas: la RAE con Gabo. ¿Qué me estoy perdiendo? “Que se hable”, dicen, ¿acaso venden tantísimo más? ¿No es peor el riesgo a que la percepción que tengan el público de uno se parezca a la que tenemos de la Duquesa de Alba, que por mucha nobleza que circule por sus venas, siempre da la impresión de que su mierda huele peor que la de la reina? Nota a navegantes: la reina también caga.
Algunas veces, pocas, en las que pienso, he llegado a la conclusión de que, en algunos casos, eso de que es mejor que se hable, aunque sea mal, puede ser contraproducente. A mí, los Rolling no me caen especialmente bien, por no decir que me caen del culo, sé que es un prejuicio, vale, nunca me he tomado un plato de berberechos con ninguno de ellos. Que si no sé cuántas toallas, que si una mesa de billar, que si las plantas de la habitación tienen que tener flores del pantone x-45/a, que si la coca tiene que haber llegado en un avión de British Airways y no de Iberia, vamos, lo normal. El día del concierto –o el día después, ya no recuerdo–, muere un trabajador que participaba en el montaje –o en el desmontaje– del escenario porque una viga le partió la crisma. A continuación se me pasó por la cabeza: “claro, como son los Rolling, seguro que iba de coca hasta las cejas y los sindicatos estarían comprados y habrían ahorrado en los tornillos, que seguro que eran de mala calidad, fabricados en Shanghai y comprados en el veinte duros de la esquina…” y me fui subiendo a la parra hasta que pensé que los cantantes, obviamente, no tenían responsabilidad ninguna. Pero,
claro, la imagen que tengo de ellos está más degradada que el ecosistema del oso pirenaico. De igual manera me abstendría de comprar un disco o una entrada, se haya muerto un operario o no, pero en mi subconsciente, los Rolling van perdiendo puntos, sin prisa, pero sin pausa. Tanto Rolling, tanto Rolling…
Pues aquí, lo mismo. El realismo mágico no me quita el sueño, afortunadamente, hala, ya sé lo que es, ahora a otra cosa, mariposa. Pero cada vez se me van más las ganas de profundizar en las novelas de este autor, o de releérmelas, como me pasó con La hojarasca, que recuerdo que hace un tiempo tenía ganas de volver a hincarle el diente –o la palm, según se lea– y ya se me han pasado con tanta celebración, tanto Gabo y tanta hemorroide.
PD: Mañana me pongo al día, palabra.








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