Los dictados y cómo enseño español
Gurb preguntó en el post anterior si los dictados sirven realmente para aprender ortografía. Buena pregunta.
Que cada maestrillo tiene su librillo es una verdad como la catedral de Colonia, que es muy grande y un poco fea y demasiado pomposa para mi gusto, pero es que los alemanes no tienen ningún gusto para las iglesias, creo yo. Pero como la experiencia me avala y coincido con mi amiga Sihaya, que soy muy de fiarme de Sihaya, expongo a continuación mi librillo, que será bueno o malo, no lo sé, pero en ocasiones funciona, que ya es algo. Además, como es mi tema y puedo dármelas de entendido, aprovecho la coyuntura y respondo por la vía importante, que equivale a escribir un post entero sobre el particular.
Sabéis que durante algunos años he estado dando clases de lengua y aunque mi público no solía ser español de nacimiento, que sí de vocación u obligación, algo he aprendido de cómo enseñar algunas cuestiones de gramática y de ortografía. Yo suelo seguir el mismo proceso para enseñar la mayoría de trampas lingüísticas que acechan al estudiante, como el subjuntivo –todo él, maldito subjuntivo–, el pretérito imperfecto –que ahí donde lo veis y aunque no lo parezca es un terrorista sintáctico extremadamente peligroso–, los pronombres en grupos como dámelo, se lo dije o cuyas manzanas son las que, los posesivos, el ser y el estar y algunos más que no quiero recordar porque me vienen a la cabeza momentos de gran debilidad y tensión profesional.
La secuencia que sigo para introducir un tema de gramática nuevo suele ser la siguiente: presentar el problema, analizarlo, practicar la estructura y aplicarlo a situaciones comunicativas concretas. Y aquí aviso que lo que sigue es un rollo poco erudito no apto para todos los públicos… vamos, coñazo al canto. Avisados quedáis.
PRESENTACIÓN DEL PROBLEMA
Como quien no quiere la cosa, al principio de cada unidad, les planto un texto o una audición o un dibujo o lo que sea –lo que llamamos en pedagogiqués un estímulo controlado– en el que aparece, convenientemente camuflado, el punto que queremos enseñar. Los estudiantes se enfrentan al problema –no he encontrado una traducción mejor a konfrontieren o auseinandersetzen– aunque el profesor no centre la atención en el mismo y base el análisis del documento en los conocimientos previos de la clase. Por ejemplo, cuando el estudiante ya conoce el esta mañana he escrito una carta y domina el ayer escribí una carta, escucha un diálogo en el que aparezca una frase como mientras escribía la carta me zampé un bollycao, o sea, después del perfecto y el indefinido, introducimos el imperfecto. Entonces, con la ayuda del profesor, la clase tiene que ser capaz de
a) entender el contenido del texto (cuántas cartas escribió el protagonista, cuántos bollycaos se comió durante todo el proceso, cuándo ocurrió todo…),
b) detectar que, efectivamente, hay algo nuevo (en este caso, las formas de imperfecto) y
c) establecer hipótesis sobre el significado y la utilidad de ese nuevo recurso (intuirán, por ejemplo, que se trata de una forma de pasado).
Una vez conocemos a fondo el contenido, la historia del texto, pasamos al siguiente punto:
ANÁLISIS DEL PROBLEMA Y REDACCIÓN DE LA REGLA
Cuando ya hemos aclarado todas las palabras nuevas del texto –ojo: no se debe preguntar ¿qué palabras no entendéis? sino más bien ¿qué palabras nuevas hay?, siempre en positivo–, entonces podemos dar unos minutos a los estudiantes para que, por parejas –por ejemplo–, marquen en el texto todos los verbos y los apunten en una lista en tres columnas: las formas en pretérito perfecto –he escrito–, las formas en pretérito indefinido –escribí– y las demás, que serán las de imperfecto –escribía– para, después, todos juntos, escribirlos en la pizarra. Con esto tendríamos una lista:
PERFECTO: he estado, he vivido, he estudiado.
INDEFINIDO: me zampé, pegué un quiqui, me saqué un moco.
IMPERFECTO (la forma que los estudiantes desconocen): escuchaba, escribía, estaba, me bebía un vaso de tintorro mientras leía el post de Óscar porque es de un plasta que aburre al bloguero más viciosillo…
Como los primeros deben estar claros, pasamos al análisis profundo del material nuevo, empezando por buscar los infinitivos de cada una de las formas:
- escuchaba: escuchar
- escribía: escribir
- estaba: estar
- bebía: beber
En este momento, los estudiantes ya son capaces, ellos solitos, de sacar sus conclusiones y de formular una regla con sus propias palabras que explique la nueva forma verbal y es que resulta que siempre es mejor dejar que sean los estudiantes los que redacten la regla a su manera y escribirlo así en la pizarra, no hace falta que sea una redacción impecable; conseguimos con eso que lo que tienen que estudiar se sienta como propio, que los estudiantes estén más motivados y que el profesor no sea un transmisor de conocimientos, sino el que asiste a los miembros del grupo para que estos puedan interpretar por sí mismos los fenómenos gramaticales objeto de estudio y sean autónomos para aprender estas reglas y las que vienen. En nuestro caso, el resultado debería ser algo así: los verbos que terminan en -ar tienen la terminación -aba y los verbos en -er o -ir, la terminación -ía. La mayoría de estudiantes serán capaces de sacar esta conclusión, pero hay que contar con alguno que otro que formulará justo en ese momento preguntas tan preocupantes como por qué no decimos escribaba, qué es un vaso de tintorro y por qué se lo bebía el protagonista en ese momento o la más inquitante y desesperante ¿pero qué es un verbo?, en cuyo caso tienes varias opciones: o el tradicional corte de venas profesoril acompañado de convulsiones (opción uno), la exclamación tipo ¡a qué mala hora me dediqué yo a esto! (opción dos) o el siempre efectivo ahostiamiento del impresentable que a estas horas te pregunta qué es un verbo (opción tres). Con estas situaciones hay que contar siempre, insisto, siempre, da igual en qué nivel esté el grupo.
Una vez hemos formulado la regla, pasamos a la parte más tediosa, pero igualmente necesaria:
PRÁCTICA ESTRUCTURAL
En este momento, los estudiantes deben hacer ejercicios de repetición, primero para afianzar las formas del imperfecto, e. d., para que no digan escribaba, y después dominar el uso que previamente se habrá explicado siguiendo el mismo proceso. Los ejercicios pueden ser, por ejemplo:
a) De huecos: Cuando (vivir)… en Madrid, (ir)… todos los días a la calle Montera.
b) De detección de errores: Cuando vivaba en Madrid, iba todos los días a la calle Montera.
c) De reformulación de frases: Siempre que estoy en Madrid, voy a la calle Montera. – Cuando estaba en…
d) De redacción de frases dirigidas –a través, por ejemplo, de preguntas referentes a un texto–: ¿Qué hacía Pepito todos los días? – Todos los días iba…
Cuando tienes a los estudiantes echando el bofe, pasas a la fase final:
APLICACIÓN A SITUACIONES COMUNICATIVAS CONCRETAS
La práctica anterior es muy poco creativa y los estudiantes no tienen ninguna libertad a la hora de aplicar lo que han aprendido ya que se trata de ejercicios mecánicos para ejercitar una forma o una estructura, así que pueden repetir como loritos una y otra vez sin enterarse de lo que están diciendo. Y como en realidad no hablamos como cacatúas ni como robots –aunque algunos sí, todo sea dicho–, hay que pasar a la fase práctica que consiste en hablar o escribir libremente sobre el pasado, si estamos practicando el imperfecto, como en este caso. Entonces el profesor / ayudante propondrá –que es la palabra que se usa en pedagogiqués moderno para decir obligará– a los estudiantes a llevar a cabo una serie de actividades como:
a) Hablar de sus costumbres cuando eran pequeños e informar sobre las mismas al resto de la clase, a su compañero o al grupo: Cuando era pequeño vivía en una casa muy grande con muchas cucarachas…
b) Contar historias sobre los personajes que aparecen en unas imágenes: Iba Caperucita por el bosque, toda mona ella, recién peinada y perfumada, por esos bosques de Dios, «la, la, laaa». Llevaba unas medias de rejilla que se acababa de comprar en el Carrefur y que le gustaban mucho porque le quedaban muy bien a su color de ojos…
c) describir a una persona que ya ha muerto: Mi tataratatarabuelo era un hombre muy enérgico que bebía mucho anís y fumaba chocolate de primerísima calidad.
De esta forma, lo que conseguimos es que el estudiante aplique todo lo que ha aprendido anteriormente a los contextos comunicativos con los que se va a encontrar en la vida diaria:
SITUACIÓN COMUNICATIVA IMPROBABLE:
Español nativo: Hola, buenos días, ¿cómo era tu tatarabuelo?
Estudiante de español: Mi tatarabuelo era muy amable.
Español nativo: ¿Y qué hacía todos los días tu tatarabuelo?
Estudiante de español: Mi tatarabuelo fumaba un paquete de Ducados todos los días.
Español nativo: Hala, muy bien, hasta luego.
Estudiante de español: Hasta luego.
SITUACIÓN COMUNICATIVA PROBABLE:
Español nativo: Hola, buenos días, ¿qué tal tu tatarabuelo?
Estudiante de español: ¡Uy, murió anoche!
Español nativo: Lo siento mucho.
Estudiante de español: No pasa nada, vivió feliz hasta el final de sus días, fíjate que le daba al porro todos los días y cogía unos cuelgues… que no te digo.
Español nativo: Muy astuto, tu tatarabuelo.
Estudiante de español: Ya te digo.
LOS DICTADOS
¿Y qué tiene que ver todo este rollo con los dictados? Mucho, porque se trata del mismo proceso. Cuando enseñamos ortografía, hay dos –o más– formas de hacerlo:
A LA FORMA TRADICIONAL
El profesor explica que huevo, hueso, hueco se escriben con hache y que el imperfecto se escribe con be, como cantaba, rezaba, esperaba. A continuación, un dictado:
El niño Tomasín tenía una curiosa costumbre: por las noches, se tocaba un huevo en el hueco de la escalera mientras esperaba que un santo bajara y le besara el hueso de la rabadilla, por eso rezaba y rezaba hasta que se quedaba dormido.
A LA FORMA MODEN-NA
El profesor deja que los estudiantes descubran que hueso, hueco se escriben con hache –por ejemplo, dándoles una lista con varias palabras que empiezan con hue- y marcando las haches de un color– y deja que planteen sus hipótesis de cómo se escribe huevo. A continuación escribe las palabras …uelga, …uadalajara, …uele, …uapo y su clase debe descubrir dónde poner la ge y dónde, la hache, sale Antoñito, el marisabidillo del grupo, y formula la regla –si es ue va con hache, si es ua, con ge– y, como apoteosis final, hace el dictado para hacer la práctica más difícil.
¿Hay diferencias? Sí. En el primer caso, los estudiantes reciben la regla mascadita –si la reciben– e inmediatamente después se les evalúa si han retenido la regla pero no saben por qué escribimos la hache y no una ge y dónde y, en cuanto olviden la regla, desaprenderán lo aprendido. En el segundo, los estudiantes razonan y aprenden a descubrir por sí mismos por qué hay una hache y por qué una ge, de manera que sabrán escribirlo la próxima vez –las palabras practicadas y todas las demás que cumplan con los mismos requisitos–, o dicho más claramente: en la forma tradicional los estudiantes memorizan que huevo, hueso, hueco van con hache, en la segunda, que las palabras que empiezan con ue llevan hache. Puede parecer lo mismo, pero no lo es, ni mucho menos. En matemáticas vendría a ser algo así como aprender a sumar: lo que queremos es que los estudiantes sepan que 2 + 4 = 6 y que 3 + 3 = 6, pero que si se encuentran con 5 + 1 descubran que da el mismo resultado. Cuando era pequeño aprendí que 2 · 2 = 4 y que 2 · 4 = 8, pero nadie me dijo, que yo recuerde, que 2 · 4 = 2 + 2 + 2 + 2, que es lo mismo que explicar que el resultado de una multiplicación equivale a sumar el primer número tantas veces como dice el segundo. Quizá algunos hayáis aprendido lo segundo, pero lo habitual, lamentablemente, es lo primero, por lo menos en lo que se refiere a la ortografía. Al método tradicional hemos estudiado millones de personas, pero no sirve para aquellos que no tengan memoria fotográfica.
Los dictados me parecen convenientes si el niño sabe por qué tal palabra se escribe así y no asá y sólo después de haber pasado por las diferentes fases, presentación, análisis, regla y práctica. Los dictados, en realidad, no pasan de ser una evaluación de lo aprendido, pero no son una forma de enseñar o de aprender ortografía.
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