“Pabellón de Mujeres”, de Pearl S. Buck (citas célebres 5)
En vísperas del NOU D’OCTUBRE, fiesta nacional de esa tierra de la luz, de las flores y del amor que es Valencia, su extrarradio y provincias adyacentes, os copio y pego porque hoy estoy vago, un pasaje de Pabellón de mujeres, de Pearl S. Buck, autora que aprovecho para recomendar, aunque sé que algún bloguero vecino también es fan.
Los textos que siguen aparecen en el tercer capítulo de la novela, que está ambientada en una región interior de China antes de la Segunda Guerra Mundial y pertenecen al diálogo que mantiene la protagonista –la matriarca de una familia– con su suegro, un hombre al que ella respeta y considera sabio y prudente. Él dice a propósito de ciertos libros que deberían estar prohibidos para las mujeres:
Como la vida ha demostrado, es verdad que el cuerpo de la mujer tiene más importancia que su mente. Sólo ella puede crear nuevas criaturas humanas. De no ser por ella, la raza del hombre habría dejado de existir. El Cielo ha introducido ese don en su cuerpo, como un en un cáliz. Su cuerpo, por lo tanto, es inefablemente precioso para el hombre. El hombre no puede sentirse realizado si la mujer no crea.
[…]
Este asunto de la inteligencia… es un don muy grande, y una carga muy pesada. La inteligencia, más que la pobreza y las riquezas, divide a los seres humanos y los convierte en amigos o enemigos. La persona estúpida teme y odia a la persona inteligente. Por bueno que sea el hombre inteligente, debe también saber que no conseguirá el amor de aquel cuya mente es inferior a la suya.
Me sorprende que estas palabras salgan de la boca de un personaje que acata las normas ancestrales de la sociedad china y al que, curiosamente, la protagonista –que destaca por ser muy tolerante, respetuosa y querida– tiene por moderno ya que no se opuso al matrimonio de su hijo con una mujer –ella– con unos pies demasiado grandes puesto que no se los vendaron de pequeña. Otra cosa que me maravilla, y aquí es donde vamos a las citas célebres, es la semejanza en las normas de cortesía de la China que aparece en la novela –recuerdo que Buck siempre muestra a personajes que acatan las reglas ancestrales y con las que algunos católicos todavía consideran que tiene que actuar la madre católica –y ahora viene cuando podéis empezar a rasgaros las vestiduras:
Por regla general, una madre católica no debe desear tener otros amigos, en la divina caridad, fuera de los miembros de la familia.
Si no obstante quedara, por este extremo, reducida a la soledad y le hubiera dado Dios una amiga espiritual, ámela como a una hermana y válgase de ella como de un poderoso sostén. Pero no deberá olvidar que la reserva es la sal de la amistad.
Por su situación y sus deberes de estado, una madre católica se ve obligada muchas veces a sostener relaciones con el mundo. Estas relaciones pueden ser de tres clases: relaciones de cortesía, relaciones de negocios y relaciones de conveniencia.
Las relaciones de cortesía consisten principalmente en recibir y hacer visitas. Una madre debe prestarse a ellas de buena gana cuando lo exigen el deber o la caridad.
El respeto por la verdad, el amor de la caridad, la edificación del prójimo deben ser en ellas su más bello adorno.
Mas, en interés de sus deberes de estado, ha de evitar en lo posible esas visitas inútiles y ociosas, en las que se disipa el alma, se debilita la piedad y queda a menudo ofendida la caridad.
La modestia. Ella será su más bello ornato, su protestación cristiana contra las vanidades del mundo y su prevención poderosa contra los peligros.
Relaciones de conveniencia. Una madre católica está algunas veces obligada a tomar parte en las fiestas del mundo: un deber de posición, las conveniencias de la familia, las exigencias de la amistad dan a esa participación el carácter de un deber. En estas relaciones, penosas para su piedad, la modestia, la caridad, la humildad, le servirán de regla y de salvaguardia.
La caridad. La madre católica será suave para no cansar a nadie, complaciente en todo lo que la conciencia pudiere permitir, abnegada hasta el borde del deber.
La humildad. Cara a la gloria y a la ambición humanas, la humildad de una madre de familia católica ha de brillar en toda su sencillez. La sierva del Señor se eclipsará, se olvidará para no ocuparse sino de los demás; recibirá con la serenidad de la paz, las humillaciones del amor propio, sabiendo encontrar a Dios entre las alegrías y los placeres del mundo.
Este texto, que parece sacado del recetario de la Marquesa de Parabere –publicado, publicado y vuelta a publicar, no hay que olvidar que sigue siendo un superventas–, no es ficciùn, es lo que aparece en STAT VERITAS, sitio Católico Apostólico Romano [sic.] de Argentina.
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