Geli d’Mora y el fracaso ortográfico
Un algo rapidito, que voy de cráneo, aunque parezca que esté rascándome la faba todo el día.
NOTA: «faba», del latín faba, 1. f. Haba. 2. vulg. Testículos.
Varias cosas:
Hoy he hecho lo que propuso La Puta Vaga de Mierda aquí. Me ha llamado Pilar, de Marina D’Horror. A la pobre creo que le he jodido el almuerzo de mitad mañana. ¡Ay!, me ha salido del alma. Y luego lo he pasado fatal yo mismo con mi mecanismo propiamente dicho, porque es lo que me han dicho después, cuando he contado la anécdota: eso habría que decírselo al empresario, no a la telefonista, que bastante tiene con ese curro de mierda. Tiene toda la razón. Y me he sentido peor todavía. ¡Qué mala persona soy!
Ahora que he visto el nombre con el que he bautizado a cierta urbanización, «Marina D’Horror», me he acordado de un comercio veteranísimo en Valencia del que hay un montón de sucursales en otras partes de España, según me acabo de enterar: Geli d’Mora, que yo no sé quién sería el astuto que pensaría que ese nombre es como sensual, voluptuoso y elegantón, por lo de la «D’», que viene a ser el equivalente al paleto «’s» en los luminosos de los bares de segunda, ¿quién no ha entrado a tomarse una copichuela en «Pepe’s», «Manolo’s» o «Bunny’s», ¿eh, malandrines? Pues eso, que un apóstrofo mal puesto es toda una derrota de márquetin, tantos años viendo en el metro las fotos del antes y el después de los pobres y las pobras que tienen acné, para luego cagarla con algo tan pequeño como un signo de puntuación, aunque teniendo en cuenta aquello de que Telefónica no puso la tilde en el logo para parecer más internacional, ya me lo creo todo. Como Häagen–Dasz, que es americana, eso sí es un tirar la casa por la ventana ortográficamente hablando. Volviendo a Geli y sus compinches, parece que es el nombre de la propietaria. Uno pensaría que es italiana, se me ocurre, pero no, es de Elche capital. Oiga, que conste que no digo nada de la efectividad del método patentado por Geli ni de la seriedad o la competencia de sus trabajadores y de toda la empresa, eso que quede claro. Pero tengo que confesar que el asunto, y no exagero, lleva torturándome desde la primera vez que vi el anuncio. No digo yo que me quite el sueño y que tenga que tomarme dobledosis de hipnóticos, pero es verlo, y ¡zas!, ya no puedo pensar en otra cosa hasta que, yo qué sé, algún pasajero empieza una conversación interesante, momento que aprovecho para poner el radar, los infrarrojos, el bluetooth y lo que haga falta, oiga, que anda que no se oyen cosas interesantes en el metro, ese que descarriló ayer cerca de Valencia y del que no se ha oído ni una palabra.
Lo último. Para una cosilla que llevo entre manos necesito que os imaginéis a tres ancianas, viudas, por supuesto, con velo negro, que se ponen a hablar en plena misa. ¿Qué nombre les pondríais? Se aceptan propuestas. El que me sale es «Asunción», pero los demás no me convencen.
Hala, ya tenéis deberes.
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