Las niñas prefieren el rosa
Ahora resulta que no es una cuestión de educación sino que es cierto eso de que a las chicas les gusta el rosa y a los chicos el azul. Pues vaya. Tanto tiempo diciendo que eso no era cierto, que hemos quedado como la chata.
Dice EL PAÍS que Anya Hulbert, de la Universidad de Newcastle, ha estado investigando qué colores prefieren los niños (en realidad es bastante más complicado, es sobre la percepción del color, parece) y ha llegado a la siguiente conclusión: los chicos prefieren el azul y a las chicas les gustan los rojos, lo que me ha recordado a la chorrada aquella de Venus y Marte. Y parece que da igual dónde se haya criado el niño o la niña. Eso sí, la explicación “evolutiva” no tiene visos de ciencia (o yo no se los veo):
«La investigadora ha querido ir más allá, y ha buscado una explicación evolutiva a estas preferencias. “La evolución ha podido llevar a las mujeres a preferir los colores rojizos rutas rojas, caras sonrosadas que indican salud? Y la cultura lo que hace es explotar y dar forma a estas tendencias femeninas innatas”, opina Hurlbert. Es lo que ella denomina “nutrición frente a naturaleza”.
[…]
Sobre la tendencia general por los tonos azulados, tiene una explicación más poética: el cielo azul, el agua clara, son síntomas de buen tiempo y de potabilidad. Una muestra de salud. Lógico, pues, que los antecesores humanos aprendieran a apreciarlos.»
Bueno, pues habrá que acostumbrarse a la idea de que es así, si lo dice esta señora, verdad será (claro que se trata de una estadística, habría que ver cómo se ha hecho el estudio). Estamos en lo de siempre: habrá niñas a las que les guste el azul y niños a los que les guste el rosa. Si es que aburre de lo predecible que es la discusión. Ahora bien, lo que ha querido la señora Hurlbert con este estudio no es ni más ni menos que darnos con el conductismo en las gónadas generadoras de secreciones seminales y decirnos que la educación no es taaan importante como hemos berreado algunos. Ya tenemos lío. Los que hemos dicho cienes y cienes de veces que la educación, la costumbre y la norma social es lo que controla la mitad de nuestro comportamiento (la otra mitad es una mezcla de sexo, dinero y ganas de comer) no vamos a cambiar ahora porque lo diga una profesora de universidad. Pero como cualquier argumentación de este tipo deriva en cuestiones dialécticas, cada cual termina siempre con la misma idea que tenía antes de la discusión, reforzada, eso sí, pero con la mosca detrás de la oreja porque aquello que ha dicho nuestro contrario no deja de ser verdad.
Por mucho que insista la Sra. Hurlbert, seguiré con eso de que el Vaticano tiene la culpa de todo. Porque yo lo valgo.








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