Te mes adelantado, Fer. Estaba yo con mis elucubraciones cuando he visto tu comentario. Da igual, allá van:
Está claro que aquí hay una diferencia de planteamiento.
Unos creen que existe una Verdad revelada, única y auténtica, y otros que las verdades hay que demostralas, que son válidas hasta que dejan de serlo.
Unos creen que existe un Ser perfecto, y otros que todos los seres son imperfectos, mientras no se demuestre lo contrario.
El problema fundamental es que estamos hablando de la sociedad civil, en la que no todos tienen las mismas creencias (algunos incluso no tienen ninguna), por lo que debemos llegar (probablemente nunca) a un consenso de lo que es más o menos bueno o más o menos malo. Yo, personalmente, me niego a aceptar el bien y el mal absolutos. Y ese un derecho mío fundamental, lo mismo que, para un católico creyente es un derecho fundamental que pueda tener sus creencias.
Si las creencias las entendemos como derecho fundamental, es evidente que pueden chocar unas con otras, es decir, que pueden chocar dos derechos fundamentales de dos personas diferentes. Luego mi derecho termina donde empieza el tuyo. Ni yo puedo entrar en el tuyo, no tú en el mío.
Imponer, o intentar imponer, unas creencias determinadas al resto de los mortales es una injerencia impresentable. Y aquí entra tanto lo que diga el Credo como la unidad de la patria o cualquier otra “verdad” irracional y no demostrada.
No existe un bien real único y universal. Lo que es bueno para unos puede ser malo para otros y viceversa. No existe la justicia universal, y de eso tenemos ejemplos todos los días.
Por poner un ejemplo del que no se ha hablado demasiado este año, al no ser un aniversario redondo: las bombas de Hiroshima y Nagasaki, el 6 y 9 de Agosto de 1945. ¿Fueron buenas o malas? Yo lo tengo muy claro: son la mayor masacre que ha conocido la humanidad, el mayor genocidio en el menor tiempo. Sin embargo, pusieron fín a una guerra que duraba demasiado. Sé que el ejemplo es extremo y por eso lo he puesto. No se juzgó a F.D. Roosvelt como criminal de guerra por tomar esa decisión, y nadie lo plantea. Luego, de momento, ha pasado a la historia como un hecho no tan condenable como los campos de exterminio nazis, por ejemplo.
De la Constitución prefiero no hablar. No porque me parezca bien ni mal, sino porque se suele caer en el error de acogerse a ella como si fuese la Biblia, y no es más que un acuerdo al que se llegó, dicen que por oscuros vericuetos, en un momento determinado, que no es el mismo que el actual, y ya va siendo hora de ponerla al día. Los acuerdos entre las personas pueden modificarse, sólo hay que llegar a otro acuerdo, que es de lo que hablamos: acuerdos entre personas con creencias diferentes, cada una de las cuales tiene derecho a tener esas creencias.
En lo que sí quiero entrar es en la afirmación Dios creó a la persona libre. Hay demasiadas afirmaciones dadas como ciertas en tan pocas palabras.
La primera: Dios. Aparte de Sto Tomás (en el siglo XIII), y sus cinco vías, ¿quién ha demostrado o intentado demostrar la existencia de Dios? La “demostración” tomista sólo funciona para aquellos que ya tienen fe. Por resumirlas (en el fondo todas son la misma) se basan en que todo efecto tiene una causa, que a su vez tiene otra causa. Llevando esa sucesión efecto-causa hasta el infinito, se llega a la existencia de un ser supremo. Así, se aplica este criterio al movimiento, a la causalidad, a la contingencia, a la perfección y al orden. ¿Cuál es el problema? El concepto de infinito. Si crees que el infinito existe, vale. Si no, no vale.
La segunda: creó. Me podría extender con el Big Bang, con Darwin y Mendel (monje, por cierto), pero no merece la pena. Volvemos a lo mismo: creó para los que creen que creó.
La tercera: persona. ¿Qué es una persona? ¿Un wannabe? Quiero pasar por alto el tema del aborto, porque volvemos a lo mismo.
La cuarta: libre. Aquí volvemos a chocar. El concepto de libertad habitualmente vendido por la Iglesia es, más o menos: elegir bien. Elegir bien conforme a sus principios, claro. Si hay que elegir bien conforme a unos principios impuestos, es que no hay libertad. A lo otro lo llaman libertinaje, el mal uso de la libertad. Pues bien, no hay libertad sin libertinaje. Es decir, el concepto de libertad católico no es libertad.
En cualquier caso, estamos hablando de conceptos utópicos: Dios, bien, libertad… Por la misma definición de utopía, no existen. Son metas a las que hay que tender, pero inalcanzables. Y cada unos es más o menos libre de buscar/encontrar su camino. Eso sí, un camino muy condicionado por los demás y sus caminos.
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